lunes, 19 de agosto de 2013

¿Que es la salvación?

¿Qué es la salvación?  (Parte 1)

L.pII.2.1:1-3

Para empezar, ayuda entender que el Curso no le da a la palabra “salvación” el mismo significado que la religión tradicional. Para la mayoría de nosotros, “salvación” significa alguna forma de impedir el desastre del que se nos “salva”. Del infierno, por ejemplo. De algún terrible castigo. De las consecuencias de que hayamos obrado mal. La imagen que se usa a menudo en el cristianismo tradicional es la de un hombre que se está ahogando a quien se le echa un salvavidas. El Curso niega esta idea:

Tu Ser no necesita salvación, pero tu mente necesita aprender lo que es la salvación. No se te salva de nada, sino que se te salva para la gloria.   (T.11.IV.1:3-4)

En el Curso, la salvación es un “salvavidas”, pero no en el mismo sentido. No nos salva de la muerte, nos conserva en la vida. Es una garantía de que la muerte nunca nos tocará: “La salvación es la promesa que Dios te hizo de que finalmente encontrarás el camino que conduce a Él” (1:1). No estamos en peligro de destrucción, nunca lo hemos estado, y nunca lo estaremos. La versión del Curso de la salvación no cambia un desastre, impide que suceda el desastre.


Antes del comienzo del tiempo, Dios hizo Su promesa que “Él no puede dejar de cumplirla” (1:2). Esa promesa garantizó que al tiempo le llegaría su fin, y con él a todos los líos que parecemos haber hecho en el tiempo, y que no tendrían ningún efecto en absoluto. Garantizó que nunca podría ser más que una ilusión de separación y un sueño de sufrimiento y de muerte. Prometió que el ego nunca podría ser real, que nunca podría haber una voluntad diferente a la de Dios. Decidió el final en el mismísimo comienzo, y lo hizo completamente seguro. Finalmente encontraremos el camino a Dios, porque Dios prometió que así será. 

 L.pII.2.1:4

¿Cómo funciona la salvación? La esencia de esto se afirma en una frase sencilla: “La Palabra de Dios se le concede a toda mente que cree tener pensamientos separados, a fin de reemplazar, esos pensamientos de conflicto con el Pensamiento de la paz” (1:4). En el momento en que surgió en nuestra mente el pensamiento de conflicto, la Palabra de Dios se puso en nuestra mente también. Antes incluso de que comenzase el desastre, se dio la Respuesta.

Tú y yo, que pensamos que somos seres separados, somos esa mente que piensa que tiene pensamientos separados. Pero en nosotros se puso la Palabra de Dios, la Verdad está debajo de todos nuestros propios engaños. Desde dentro, el Pensamiento de Dios está trabajando en silencio, esperando, actuando para reemplazar todos nuestros pensamientos de conflicto. Los pensamientos de conflicto son miles, tomando miles de formas, cada una en conflicto con el universo, y la mayoría en conflicto con las demás. El Pensamiento de la paz es uno. Es el único remedio para cada pensamiento de conflicto, ya sea de odio, de ira, de desesperación, de frustración, de amargura, o de muerte. El Pensamiento de Dios los cura todos ellos.

El remedio está dentro de mí, ahora. Esto es la salvación: volverse hacia adentro, al Pensamiento de paz, y encontrarlo allí dentro de mí.

L.pII.2.2:1-3

El Pensamiento de la paz que es nuestra salvación “le fue dado al Hijo en el mismo ins­tante en que su mente concibió el pensamiento de la guerra” (2:1). No transcurrió ningún tiempo entre el pensamiento de la guerra y el Pensamiento de la paz. La salvación se dio en el mismo instante en que surgió la necesidad. El Texto nos ofrece una imagen preciosa de esto, que dice: “No se perdió ni una sola nota del himno celestial” (T.26.V.5:4). La paz del Cielo no se vio alterada en absoluto. Y habiéndose contestado, el problema se resolvió para todo el tiempo y por toda la eternidad, en aquel instante de la eternidad.

Sin embargo, nuestro descubrimiento de la salvación necesita tiempo. O por lo menos así parece. Una semejanza: Imagínate que de repente, por una razón desconocida hasta ahora, te ves con la carga de pagar unos impuestos de hacienda de 10.000 euros, pero en ese mismo instante alguien deposita un millón de euros en tu cuenta corriente. Podrías pasar un montón de tiempo intentando conseguir el dinero que necesitas si no sabes que lo tienes en tu cuenta corriente, pero en realidad no tienes que hacer nada porque el problema ya está resuelto. Entonces, todo lo que necesitas hacer es dejar de intentar solucionar el problema y aprender que ya se ha solucionado.

Antes de que surgiese el pensamiento de la separación (o de la guerra), no había necesidad del “Pensamiento de la paz”. La paz simplemente existía, sin opuestos. Así que podría decirse que el problema creó su propia solución. Antes del problema, no había solución porque no había necesidad de solución. Pero cuando surgió el problema, la solución ya estaba allí. “Una mente dividida, no obstante, tiene necesidad de curación” (2:3). El pensamiento de separación es lo que hace necesario el pensamiento de sanación, pero cuando se acepta la sanación, o cuando se abandona el pensamiento de separación, ya no es necesaria la sanación. La sanación es un remedio temporal (relacionado con el tiempo). En el Cielo no hay necesidad de sanación.

Como el Curso dice acerca del perdón, debido a que hay una ilusión de necesidad, se necesita una ilusión de respuesta o solución. Pero esa “respuesta” es la simple aceptación de lo que siempre ha sido verdad, y siempre lo será. La paz simplemente existe, y la salvación consiste en nuestra aceptación de ese hecho. Tal como el Curso la ve, la salvación no es una respuesta divina activa a una necesidad real. En lugar de ello, es una aparente respuesta a un problema que no existe en la realidad.

Por eso el Curso le llama a nuestro camino espiritual “un viaje sin distancia” (T.8VI.9:7) y ciertamente “una jornada que nunca comenzó” (L.225.2:5). Mientras estamos en él, el viaje parece muy real, y a menudo muy largo. Cuando termine, sabremos que nunca abandonamos el Cielo, nunca fuimos a ninguna parte, y siempre hemos estado donde estamos: en el Hogar en Dios. El viaje en sí mismo es imaginario. Consiste en aprender poco a poco que la distancia que percibimos entre nosotros y Dios no existe realmente.

L.pII.2.2:4-5

Para nuestra mente, la separación es real. “La separación es un sistema de pensamiento que si bien es bastante real en el tiempo, en la eternidad no lo es en absoluto” (T.3.VII.3:2). “La mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real” (T.3.VII.5:1). La mente se siente a sí misma dividida, separada de Dios, y con un trozo de mente separada de los otros trozos. Ésta es nuestra experiencia en el tiempo, y es “bastante real” en el tiempo, aunque no es real en la eternidad. En realidad, la mente no está dividida realmente, sencillamente no reconoce su unidad (2:4). Pero dentro de esa mente única, la experiencia de la separación parece real.

Piensa en cualquier sueño nocturno que hayas tenido en el que te hayas relacionado con otras personas. Tú eres tú mismo en el sueño, y los otros son otros personajes. Quizá alguien te está haciendo el amor. Quizá tú estás discutiendo con alguien, o te está persiguiendo un monstruo. Dentro del sueño, cada personaje es distinto y separado. Las otras personas en el sueño pueden decir o hacer cosas que te sorprenden o que no entiendes. Y sin embargo, de hecho, ¡cada uno de esos “otros personajes” sólo existe en tu propia mente y en tu propio sueño! Tu mente los está inventando. En el sueño hay separación entre los personajes. En realidad sólo hay una mente, y diferentes aspectos de esa mente se están relacionando unos con otros como si fueran seres diferentes.

Según el Curso, esto es exactamente lo que está sucediendo en todo este mundo. Es una sola mente, experimentando diferentes aspectos de sí misma como si fueran seres separados. Dentro de ese sueño la separación entre los diferentes personajes parece ser clara y distinta, insalvable. Y sin embargo, la mente sigue siendo una. La única mente no se reconoce no se conoce a sí misma, “al no conocerse a sí misma, pensó que había perdido su Identidad” (2:5). Pero, de hecho, la Identidad no se perdió, únicamente en el sueño.

Y así, dentro de cada trozo de la mente que no reconoce su unidad, Dios puso el Pensamiento de la paz, “el Pen­samiento que tiene el poder de subsanar la división” (2:4). Esta “parte de cada fragmento” (2:4) recuerda la Identidad de la mente. Es una parte que es compartida por cada fragmento. Como un hilo dorado que recorre una pieza de tela, nos une a todos juntos, y lleva constantemente a los fragmentos aparentemente separados hacia su verdadera unidad. Este Pensamiento dentro de nosotros sabe que “Jamás ocurrió nada que perturbase la paz de Dios el Padre ni la del Hijo” (L.234.1:4).

Este Pensamiento, que Dios puso dentro de nosotros, es lo que buscamos cuando nos aquietamos en el instante santo. Al acallar todos los pensamientos separados, escuchamos Su Voz dentro de nosotros, hablándonos de nuestra unidad, nuestra compleción y plenitud, nuestra paz eterna. Este Pensamiento tiene el poder de sanar la separación, de deshacer la aparente realidad de nuestra ilusión de separación, y de devolverle a la Filiación la consciencia de su unidad. “La salvación reinstaura en tu conciencia la integridad de todos los fragmentos que percibes como desprendidos y separados” (M.19.4:2).

L.pII.2.3:1-3

La salvación es un des-hacer en el sentido de que no hace nada, al no apoyar el mundo de sueños y de malicia. De esta manera, las ilusiones desaparecen.   (3:1-2)

Tomar parte en la salvación no es añadir una nueva actividad, sino abandonar nuestra antigua tragedia de sueños de maldad. Salvarse es dejar de apoyar nuestras ilusiones, dejar de añadirle leña al fuego de la ira, del ataque y de la culpa, que ha arrasado nuestra mente durante miles de años. La salvación no consiste en hacer, sino en no hacer. Es poner fin a nuestra resistencia para que el amor fluya sin obstáculos, tanto el Amor de Dios a nosotros como el nuestro a Dios y a nuestros hermanos. La salvación significa que dejamos de inventarnos excusas para no amar. Significa que dejamos de inventar razones de que no nos lo merecemos.

“El ego no tiene realmente ningún poder para distraerte a menos que tú se lo confieras” (T.8.I.2:1). El único poder que el ego tiene es el que nosotros le damos y utiliza nuestro propio poder contra nosotros. Todas las ilusiones del ego están alimentadas por nuestra inversión en ellas (por creer en ellas). Cuando le retiramos ese poder y dejamos de apoyar las ilusiones del ego, “deja que sim­plemente se conviertan en polvo” (3:3). ¿Cómo se deshace el ego? Por nuestra decisión de ya no apoyarlo nunca más.

El secreto de la salvación no es sino éste: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo. (T.27.VIII.10:1)

 L.pII.2.3:4

Cuando dejamos de apoyar las ilusiones de la mente, y se convierten en polvo, ¿qué queda? “Lo que ocultaban queda ahora revelado” (3:4). Cuando las ilusiones desaparecen, lo que queda es la verdad. Y la verdad es una realidad maravillosa dentro de nosotros. En lugar de la maldad y la mezquindad que tememos encontrar dentro de nosotros, encontramos “un altar al santo Nombre de Dios donde Su Palabra está escrita” (3:4). La verdad que está detrás de todas las máscaras y de todos los errores y de los astutos engaños del ego: en mi propio corazón hay un altar a Dios, un lugar sagrado, una santidad eterna y ancestral.

Hay tesoros depositados ante el altar. ¡Son tesoros que yo he depositado allí! Son los regalos de mi perdón. Y sólo hay una pequeña distancia, sólo un instante, desde este lugar al recuerdo de Dios Mismo (3:4).

El descubrimiento del santo altar a Dios dentro de mi mente  es el resultado de no hacer nada, de dejar de seguir apoyando a las ilusiones del ego, de negarnos a dedicarle por más tiempo nuestra mente al ego y a sus propósitos. El descubrimiento de lo que es verdad acerca de mí, y el recuerdo de Dios que viene a continuación, proceden de mi disposición a poner en duda las ilusiones y a abandonarlas. No necesito construir el altar o acondicionarlo, ya está ahí, detrás de las brumas de engaño a mí mismo. El camino a la verdad es por medio de darnos cuenta de las mentiras que la ocultan. Muy dentro de mí, la unión con Dios continúa sin interrupciones, esperando únicamente a que me aparte de las mentiras que afirman lo contrario. Puedo regresar a ese altar ahora. Puedo apartar las cortinas que lo ocultan,  entrar en la Presencia de Dios y encontrar a mi Ser esperándome ahí.

L.pII.2.4:1

Si el altar a Dios está dentro de mí, pero permanece en gran parte oculto de mi consciencia, lo que tengo que hacer es acudir “diariamente a este santo lugar” (4:1). Ésta es la práctica del instante santo que recomienda el Texto (T.15.II.5,6; T.15.IV), apartarnos voluntariamente de nuestras actividades rutinarias para llevar nuestra mente a este santo lugar, con Jesús a nuestro lado (“Acudamos diariamente a este santo lugar y pasemos un rato juntos” (4:1)). Me parece que Jesús aquí nos está pidiendo que todos los días pasemos un rato con él en la Presencia de Dios, si estás abierto a ello. Si de algún modo no te sientes cómodo con la figura de Jesús, imagínate un guía espiritual desconocido y que representa a tu Ser más noble. Con él o ella entras en este templo, te mantienes ante el altar y pasas allí un rato en unión con Dios.

Tenemos que formar el hábito de traer nuestra mente al instante santo, recordándonos a nosotros mismos la presencia de Jesús (o del Espíritu Santo), recordando este altar a Dios dentro de nosotros, con Su Palabra escrita sobre él (3:4). Pienso que esa Palabra es la Palabra de la salvación, la promesa que Él nos hizo de que encontraríamos el camino a Él (1:1). Es el Pensamiento de la Paz, que sustituirá a todos nuestros pensamientos de conflicto. Este lugar de encuentro es donde sentimos que no se ha roto la comunicación entre nosotros y Dios. Aquí es donde nos sumergimos en la corriente de Amor que fluye constantemente entre el Padre y el Hijo.

El Capítulo 14, Sección VIII del Texto describe este santo lugar de encuentro, y dice:

Todo ello se encuentra a salvo dentro de ti, allí donde refulge el Espíritu Santo. Y Él no refulge donde hay división, sino en el lugar de encuentro donde Dios, unido a Su Hijo le habla a Su Hijo a través de Él. La comunicación entre lo que no puede ser divido no puede cesar. En ti y en el Espíritu Santo reside el santo lugar de encuentro del Padre y del Hijo, Quienes jamás han estado separados. Ahí no es posible ninguna clase de interferencia en la comunicación que Dios Mismo ha dispuesto tener con Su Hijo. El amor fluye constantemente entre Padre e Hijo sin interrupciones ni hiatos tal como Ambos disponen que sea. Y por lo tanto, así es.  (T.14.VIII.2:10-16)

Y así es. Esto es lo que quiero conocer y sentir cada día, al venir a este lugar. Aquí traigo mi culpa y mi miedo y los deposito, aceptando la Expiación para mí mismo. Aquí mi mente renueva su contacto con su Fuente. Aquí vuelvo a descubrir la unión sin fin que es mía, mi herencia como Hijo de Dios. Aquí desaparecen mis pesadillas, y respiro el aire fragante del Cielo y del Hogar.

L.pII.2.4:2-5

Cuando acudimos diariamente a este santo lugar, echamos una pequeña ojeada al mundo real, “nuestro sueño final” (4:2). En el instante santo vemos con la visión de Cristo, en la que no hay sufrimiento. Se nos permite tener “un atisbo de toda la glo­ria que Dios nos ha dado” (4:3). El propósito del Curso es que vengamos al lugar donde obtenemos esta visión y la llevamos con nosotros siempre, el lugar donde nuestra mente cambia de tal manera que vemos sólo el mundo real, y vivimos la vida como un instante santo continuo y eterno. Ese momento puede parecer muy lejos de mí, pero está mucho más cerca de lo que creo, y en el instante santo lo siento como ahora. Venir repetidamente al instante santo, sumergir nuestra mente en la visión del mundo real, es la manera en que este mundo se convierte en la única realidad para nosotros, el sueño final antes de despertar.

En este sueño feliz, “La tierra nace de nuevo desde una nueva perspectiva” (4:5). Las imágenes de brotar la hierba, los árboles florecer y los pájaros hacer sus nidos en su ramaje, nos hablan de la primavera, del renacer después de un largo invierno. Las imágenes representan la nueva visión del mundo, en el que nuestra oscuridad espiritual ha desaparecido, y todas las cosas vivas están unidas en la luz de Dios. Ahora pasamos de largo las ilusiones, más allá de ellas con paso más firme y más seguro, una visión de eterna santidad y de paz. Vemos y respondemos a “la necesidad de cada corazón, al llamamiento de cada mente, a la esperanza que se encuentra más allá de toda desespe­ración, al amor que el ataque quisiera ocultar y a la hermandad que el odio ha intentado quebrantar, pero que aún sigue siendo tal como Dios la creó” (L.185.14:1).

Aquí, en la visión del mundo real, oímos “la llamada cuyo eco resuena más allá de cada aparente invocación a la muerte, la llamada cuyo canto se oye tras cada ataque asesino, suplicando que el amor restaure el mundo moribundo” (T.31.I.10:3). Vemos que el único propósito del mundo es el perdón. “¡Qué bello es el mundo cuyo propósito es perdonar al Hijo de Dios!” (T.29.VI.6:1).

¡Qué bello es caminar, limpio, redimido y feliz, por un mundo que tanta necesidad tiene de la redención que tu inocencia vierte sobre él! (T.23.In.6:5)

L.pII.2.5:1-2

Desde el mundo nos volvemos al santo lugar dentro, entramos en el instante santo, donde nuestras ilusiones desaparecen porque ya no las apoyamos, y empezamos a ver con la visión de Cristo, viendo el mundo real. Y luego regresamos al mundo. “Desde ahí le extendemos la salvación al mundo, pues ahí fue donde la recibimos” (5:1). Esto se repite una y otra vez tanto en el Libo de Ejercicios como en el Texto: alejarnos del mundo de los sueños, entrar en el instante santo, y regresar para darle la salvación al mundo. El Curso no pretende que nos aislemos del mundo, sino que lo salvemos. No nos pide que nos retiremos a una vida contemplativa en un monasterio, sino que nos pide que entremos dentro de ese estado mental que encontramos en la meditación y que ofrezcamos al mundo lo que hemos encontrado.

“El himno que llenos de júbilo entonamos le proclama al mundo que la libertad ha retornado” (5:2). Nuestra sanación interna expresa su alegría en una “canción de alegría”, y esa canción se convierte en lo que llama al mundo a regresar a su libertad. Nada hay tan sanador como una persona cuya cara está radiante de alegría. No se pretende que regresemos al mundo a predicarle una nueva religión (L.37.3:1,2), sino que lo cambiemos con nuestra alegría. Representamos un nuevo estado mental. Como dice el Manual: “Repre­sentamos la Alternativa” (M.5.III.2:6). Salvamos al mundo al salvarnos nosotros.

 L.pII.2.5:2

La salvación no es un mundo material perfecto, sino un estado mental en el que “la eternidad haya disuelto al mundo con su luz y el Cielo sea lo único que exista” (5:2). Cuando entramos en el instante santo con mayor frecuencia, y la visión del “mundo real” que trae, estamos literalmente acelerando el final del tiempo. Las palabras “mundo real” es una contradicción, son dos palabras que se contradicen la una a la otra, pues el mundo no es real. (Ver T.26.III.3:1-3). El mundo real es la meta que el Curso quiere para nosotros y, sin embargo, cuando se alcanza completamente, apenas tendremos tiempo de apreciarlo antes de que Dios dé Su Último Paso, y la ilusión del mundo desaparezca en la realidad del Cielo (T.17.II.4:4). La pesadilla se transforma poco a poco en un sueño feliz, y cuando todas las pesadillas hayan desaparecido, no habrá ya necesidad de soñar, despertaremos.

La salvación es el proceso de transformar la pesadilla en un sueño feliz, el proceso de deshacer las ilusiones, el proceso de eliminar los obstáculos que hemos levantado en contra del amor, en resumen, el proceso del perdón. La experiencia en la que ahora estamos es nuestra aula de aprendizaje. La razón por la que estamos aquí es para aprender la verdad o, más bien, para desaprender los errores. El Curso nos pide que nos alegremos de aprender, y que tengamos paciencia. “No temas que se te vaya a elevar y a arrojar abruptamente a la realidad” (T.16.VI.8:1-2). Nos aterrorizaría, como un niño de guardería al que de repente le hacen presidente, o un alumno de primer curso de piano al que obligan a dar un concierto de piano en un lugar de mucho prestigio. Cada uno de nosotros está exactamente donde le corresponde, aprendiendo justamente lo que necesita aprender. Entremos, pues, de todo corazón y llenos de gozo en el proceso, practicando nuestros instantes santos, recibiendo nuestros pequeños destellos del mundo real, cada uno asegurándonos de la realidad de nuestra meta y de la seguridad de su logro.

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