miércoles, 28 de agosto de 2013

Leccion 240, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 240

El miedo, de la clase que sea, no está justificado.

1. El miedo es un engaño. 2Da testimonio de que te has visto a ti mismo como nunca podrías ser y, por lo tanto, contemplas un mundo que no puede ser real. 3Ni una sola cosa en ese mundo es verdad. 4Sea cual sea la forma en que se manifieste, 5sólo da fe de tus ilusiones acerca de ti mismo. 6No nos dejemos engañar hoy. 7Somos los Hijos de Dios. 8El miedo no tiene cabida en nosotros, pues cada uno de nosotros es parte del Amor Mismo.
2. ¡Cuán infundados son nuestros miedos! 2¿Ibas acaso a permitir que Tu Hijo sufriese? 3Danos fe hoy para reconocer a Tu Hijo y liberarlo. 4Perdonémosle hoy en Tu Nombre, para poder entender su santidad y sentir por él el amor que Tú también sientes por él.

Comentario

“El miedo es un engaño” (1:1). Cuando tenemos miedo, hemos sido engañados por alguna mentira, porque, puesto que somos el Hijo de Dios y parte del Amor Mismo (1:7-8), nada puede hacernos daño o causarnos pérdida de ningún tipo. Por lo tanto, cuando aparece el miedo, nos hemos visto a nosotros mismos como nunca podríamos ser (1:2). La realidad de lo que somos no está nunca en peligro: “Nada real puede ser amenazado” (T.In.2:2). Es imposible que nada del mundo pueda amenazarnos, “Ni una sola cosa en ese mundo es verdad” (1:3). “Nada irreal existe” (T.In.2:3).

Todas las amenazas del mundo, sean cuales sean las formas en que se manifiesten, sólo dan fe de nuestras ilusiones acerca de nosotros mismos (1:4-5). Nos vemos a nosotros mismos como indefensos, como un cuerpo, como un ego, como una forma de vida física que puede apagarse en un instante. Eso no es lo que somos; y cuando tenemos miedo, eso es lo que estamos pensando que somos. Para que podamos pensar que somos algo distinto -el eterno Hijo de Dios, por siempre seguros en el Amor de Dios, más allá del alcance de la muerte- tenemos que estar dispuestos a aprender que todo lo del mundo no es real. Finalmente tenemos que ver que el intento de aferrarnos a la realidad de este mundo es aferrarnos a la muerte.

Si insistimos en hacer este mundo real, la afirmación de hoy: “El miedo, de la clase que sea, no está justificado” nunca nos parecerá verdad. En este mundo todo puede ser atacado, todo puede cambiar, y finalmente desaparecer. Si intentamos aferrarnos a ello, no se puede evitar el miedo porque el final de aquello a lo que nos aferramos es seguro. El único modo de liberarnos verdaderamente del miedo es dejar de darle valor a todo y valorar sólo lo eterno.

Esto no significa que no podamos disfrutar de las cosas que son pasajeras, que no podamos por ejemplo pararnos a apreciar la belleza de una puesta de sol que sólo dura unos minutos. Pero entendemos que no es la puesta de sol lo que valoramos, sino la belleza que refleja por un momento. No es el contacto con un cuerpo lo que valoramos, un cuerpo que se marchita y se acaba, sino el amor eterno que alcanza y refleja durante un momento. No la forma, sino el contenido. No el símbolo, sino su significado. No los sobretonos, ni los armónicos,  ni los ecos, sino la eterna canción del Amor (Canc.1I.3:4).

Que hoy repita: “El miedo, de la clase que sea, no está justificado”. Y cuando surja el miedo, que recuerde que no hay nada que temer (2:1). Que recuerde que no hay ninguna razón para el miedo. Que mis miedos me recuerden la verdad de que lo que yo valoro nunca muere

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