viernes, 16 de agosto de 2013

Leccion 228, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 228

Dios no me ha condenado. Por lo tanto, yo tampoco me he de condenar.

1. Mi Padre conoce mi santidad. 2¿Debo acaso negar Su conoci­miento y creer en lo que Su conocimiento hace que sea imposi­ble? 3¿Y debo aceptar como verdadero lo que Él proclama que es falso? 4¿O debo más bien aceptar Su Palabra de lo que soy, toda vez que Él es mi Creador y el que conoce la verdadera condición de Su Hijo?,
2. Padre, estaba equivocado con respecto a mí mismo porque no recono­cía la Fuente de mi procedencia. 2No me he separado de ella para aden­trarme en un cuerpo y morir. 3Mi santidad sigue siendo parte de mí, tal como yo soy parte de Ti. 4Mis errores acerca de mí mismo son sueños. 5Hoy los abandono. 6Y ahora estoy listo para recibir únicamente Tu Palabra acerca de lo que realmente soy.

Comentario

Se necesita mucho valor para abandonar la condena a uno mismo. Tenemos miedo de que si dejamos de condenarnos a nosotros mismos nos volveremos locos, de que la maldad dentro de nosotros quedará sin control y estallará en un desastre terrible. Pero, ¿y si no hay maldad dentro de nosotros? ¿Y si Dios tiene razón? ¿Es posible que Él esté equivocado y nosotros tengamos razón? La lección dice que lo que Dios conoce hace que el pecado en nosotros sea imposible: “¿Debo acaso negar Su conoci­miento?” (1:2).

La lección simplemente nos pide “aceptar Su Palabra de lo que soy” (1:4). ¿Quién cree que alguien o algo es mejor que su Creador? ¿Y qué conoce Dios de mí? “Mi Padre conoce mi santidad” (1:1). Cada vez que leo tales afirmaciones veo a mi mente luchar para oponerse a la idea, encogiéndose en una falsa humildad que grita: “Oh, no, no puedo aceptar eso acerca de mí”. Si me atrevo a preguntarme a mí mismo: “¿Por qué no?”, mi mente sale inmediatamente con una lista de razones: Mis defectos, mi falta de dedicación total a la verdad, mi adicción a este o aquel placer del mundo. Sin embargo, llevada a la luz del Espíritu Santo, cada una de estas cosas puede verse como nada más que una petición mal dirigida, como un grito de ayuda, como una oculta nostalgia de Dios y del Hogar.

“Estaba equivocado con respecto a mí mismo” (2:1). Eso es todo lo que ha ocurrido. Me olvidé de mi Fuente y de lo que yo soy, debido a mi Fuente. Mi Fuente es Dios, y no mis oscuras ilusiones. Mi error acerca de lo que yo soy no es un pecado que deba ser juzgado, sino un error que necesita ser corregido; necesita la sanación del Amor, y no la condena. “Mis errores acerca de mí mismo son sueños” (2:4), eso es todo, y puedo renunciar a ellos. Yo no soy el sueño; yo soy el soñador, todavía santo, todavía parte de Dios.

Hoy, mientras aquieto mi mente en Presencia de Dios, abro mi mente para recibir Su Palabra acerca de lo que yo soy. Aparto los sueños, los reconozco como lo que son, y los abandono. Abro mi corazón al Amor.

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