jueves, 1 de agosto de 2013

Leccion 213, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

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Comentario

Cada circunstancia de la vida me ofrece la elección entre un milagro y los pensamientos de mi ego que me harán daño. O como dice el Texto: “La elección es el milagro en lugar del asesinato” (T.23.IV.5:6). Ésa es la lección que todas las cosas tienen que enseñarme, hoy y todos los días. ¿Qué voz, la del ego o la del Espíritu Santo, voy a escuchar en este momento, y en el siguiente, y en el siguiente? Siempre es una o la otra, nunca ninguna de ellas, nunca las dos al mismo tiempo. “No tomas decisiones por tu cuenta, independientemente de lo que decidas. Pues o bien se toman con ídolos o bien con Dios. Y le pides ayuda al anti-Cristo o a Cristo, y aquel que elijas se unirá a ti y te dirá lo que debes hacer” (T.30.I.14:7-9).

En cada situación en la que me encuentre hoy, esto es lo que está teniendo lugar. El ego ofrece su interpretación, y el Espíritu Santo la Suya, yo elijo cuál quiero escuchar. Puedo elegir el milagro o el asesinato. Mi elección determina mi percepción y mi experiencia de la situación. ¿Cuál quiero elegir hoy?

Cuando la tentación de atacar se presente para nublar tu mente y volverla asesina, recuerda que puedes ver la batalla desde más arriba. Incluso cuando se presenta en formas que no reco­noces, conoces las señales: una punzada de dolor, un ápice de culpabilidad, pero sobre todo, la pérdida de la paz. Conoces esto muy bien. Cuando se presenten, no abandones tu lugar en lo alto, sino elige inmediatamente un milagro en vez del asesinato. (T.23.IV.6:1-5)

Esta elección es lo que me hace libre. El Espíritu Santo siempre está conmigo para ayudarme a tomar esta decisión. En cada instante puedo elegir aprender las lecciones que Dios quiere que yo aprenda, y olvidar lo que me he estado enseñando a mí mismo. Que no valore nada sin Su ayuda.

Si pudiéramos entender el significado de esta lección, este hábito de llevarle todo al Espíritu Santo, en lugar de intentar entenderlo por nosotros mismos (lo que siempre significa con la ayuda del ego), todo encajaría a la perfección en su sitio. Esto solo es suficiente para hacernos libres.

Una cosa que el Espíritu Santo ve de manera muy diferente al ego es mi cuerpo. “El Espíritu Santo no ve el cuerpo como lo ves tú porque sabe que la única realidad de cualquier cosa es el servicio que le presta a Dios en favor de la función que Él le asigna” (T.8.VII.3:6). Cuando elijo proteger el cuerpo, convertirlo en el centro de lo que estoy haciendo, confundiendo el cuerpo conmigo, estoy eligiendo el asesinato. No soy un cuerpo. No existo para el beneficio de mi cuerpo, su propósito es servir a Dios al llevar a cabo la función que Él me ha dado en el mundo, y eso es todo.

Si escucho al Espíritu Santo, tengo que estar dispuesto a ver el cuerpo como que no tiene ningún sentido en sí mismo (L.96.3:7), y que es útil sólo como un instrumento de comunicación con el que llegar a mis hermanos. Que me recuerde a mí mismo que no soy un cuerpo, cuando en cada momento busco escuchar la Voz de Dios.


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