sábado, 27 de julio de 2013

Leccion 208, Un Curso de Milagros



Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso

Comentario

Una y otra vez el Curso nos pide que “nos aquietemos”. Es sorprendente cuánto beneficio puede obtenerse de una sencilla pausa, aunque sólo sean diez segundos, cerrar los ojos y recordar la paz de Dios que está dentro de mí. Sólo la palabra “paz”, repetida mentalmente, puede tener un efecto relajante y sanador sobre la mente. Esto no es algo que venga sin nuestra colaboración activa. La práctica es necesaria. “Me aquietaré” es un acto de voluntad, una elección, una decisión. Hay que parar la frenética y continua corriente de pensamientos y preocupaciones, y la mente tiene que volverse hacia esa “quietud” (1:3) que está “dentro de mi corazón” (1:4).

La mayoría de nuestras horas de vigilia (y probablemente mientras dormimos, aunque no nos demos cuenta de ello) las pasamos con distintas preocupaciones que, cuando las despojamos de todo y las reducimos a lo básico, son preocupaciones acerca de nuestro cuerpo, de un modo u otro. Los cuidados diarios de bañarse, arreglarse, vestirse, y descansar nuestro cuerpo, está continuamente en nuestra mente. El tiempo que pasamos “ganándonos la vida” se necesita por la necesidad de dinero para comprar comida, ropa y alojamiento, y para nuestra diversión. Pero no somos cuerpos. Necesitamos recordatorios frecuentes de este hecho. Necesitamos pararnos y decirnos a nosotros mismos: “Paz, aquiétate”. Parece más fácil no hacer el esfuerzo, simplemente dejar que la corriente de preocupaciones corporales nos arrastre hacia delante de un momento al siguiente. Sin embargo, cuando hacemos el esfuerzo, cuando nos salimos de la corriente de pensamientos durante un minuto para aquietarnos y encontrar la paz de Dios, todo empieza a ir sin problemas ni complicaciones. Nos sentimos más felices que antes. Como dice un antiguo cántico cristiano: “Las cosas que antes eran preocupaciones desesperadas, ahora no pueden alterar mi descanso”.


Tenemos una fuente de paz dentro de nuestro corazón. Espera a que echemos mano de ella y bebamos su refrescante agua. Está aquí ahora, brillando dentro de nosotros. Ahora mismo, y a menudo durante el día de hoy: “Me aquietaré”. Acudiré a esa riqueza interior que “da testimonio de Dios Mismo” (1:4).   

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