viernes, 19 de julio de 2013

Leccion 200, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 200

No hay más paz que la paz de Dios.

Deja de buscar. 2No hallarás otra paz que la paz de Dios. 3Acepta este hecho y te evitarás la agonía de sufrir aún más amargos de­sengaños, o de verte invadido por una sombría desesperación y una gélida sensación de desesperanza y de duda. 4Deja de buscar.5No puedes hallar otra cosa que la paz de Dios, a no ser que lo que busques sea infelicidad y dolor.
2. Este es el punto final al que en última instancia todo el mundo tiene que llegar para dejar de lado toda esperanza de hallar felici­dad allí donde no la hay; de ser salvado por lo que tan sólo puede causar dolor; y de hacer paz del caos, dicha del dolor y Cielo del infierno. 2No sigas tratando de ganar por medio de la pérdida ni de morir para vivir. 3Pues no estarás sino pidiendo la derrota.
3. No obstante, con la misma facilidad puedes pedir amor, felici­dad y vida eterna en una paz que no tiene fin. 2Pide esto, y sólo puedes ganar. 3Pedir lo que ya tienes te lleva al éxito. 4Pedir que lo que es falso sea verdadero sólo puede conducir al fracaso. 5Per­dónate a ti mismo tus vanas imaginaciones y deja de buscar lo que no puedes encontrar. 6Pues, ¿qué podría ser más absurdo que buscar el infierno una y otra vez cuando no tienes más que abrir los ojos y mirar para darte cuenta de que el Cielo se encuentra ante ti, allende el umbral de una puerta que se abre fácilmente para darte la bienvenida?
4. Regresa casa. 2Jamás encontraste felicidad en lugares extra­ños, ni en formas que te son ajenas y que no tienen ningún signifi­cado para ti, si bien trataste de que lo tuvieran. 3No te corres­ponde estar en este mundo. 4Aquí eres un extraño. 5Pero te es dado encontrar los medios a través de los cuales el mundo deja de parecer una prisión o una cárcel para nadie.
5. Se te concede la libertad allí donde no veías más que cadenas y puertas de hierro. 2Mas si quieres hallar escapatoria tienes que cambiar de parecer con respecto al propósito del mundo. 3Perma­necerás encadenado hasta que veas el mundo como un lugar ben­dito, liberes de tus errores a cada hermano y lo honres tal como es. 4Tú no lo creaste, así como tampoco te creaste a ti mismo. 5al liberar a uno, el otro es aceptado tal como es.
6. ¿Qué función tiene el perdón? 2En realidad no tiene ninguna, ni hace nada, 3pues es desconocido en el Cielo. 4Es sólo en el infierno donde se le necesita y donde tiene una formidable función que desempeñar. 5¿No es acaso un propósito loable ayudar al biena­mado Hijo de Dios a escapar de los sueños de maldad, que aun­que son sólo fabricaciones suyas, él cree que son reales? 6¿Quién podría aspirar a más, mientras parezca que hay que elegir entre el éxito y el fracaso, entre el amor y el miedo?
7. No hay más paz que la paz de Dios porque Él sólo tiene un Hijo, que no puede construir un mundo en oposición a la Volun­tad de su Padre o a la suya propia, la cual es la misma que la de Él. 2¿Qué podría esperar encontrar en semejante mundo? 3Este no puede ser real, ya que nunca fue creado. 4¿Es acaso ahí adonde iría en busca de paz? 5¿O bien tiene que darse cuenta de que tal como él ve el mundo, éste sólo puede engañar? 6Puede aprender, no obstante, a verlo de otra manera y encontrar la paz de Dios.
8. La paz es el puente que todos habrán de cruzar para dejar atrás este mundo. 2Pero se empieza a tener paz en él cuando se le per­cibe de otra manera, y esta nueva percepción nos conduce hasta las puertas del Cielo y lo que yace tras ellas. 3La paz es la res­puesta a las metas conflictivas, a las jornadas insensatas, a las búsquedas vanas y frenéticas y a los empeños sin sentido. 4Ahora el camino es fácil, y nos conduce por una ligera pendiente hasta el puente donde la libertad yace dentro de la paz de Dios.
9. No volvamos a perder el rumbo hoy. 2Nos dirigimos al Cielo, y el camino es recto. 3Sólo si procuramos desviarnos podemos retrasarnos y perder el tiempo innecesariamente por escabrosas veredas. 4Sólo Dios es seguro, y Él guiará nuestros pasos. 5Él no abandonará a Su Hijo necesitado, ni permitirá que se extravíe para siempre de su hogar. 6El Padre llama; el Hijo le oirá. 7Y eso es todo lo que hay con respecto a lo que parece ser un mundo sepa­rado de Dios, en el que los cuerpos son reales.
10Ahora reina el silencio. 2Deja de buscar. 3Has llegado a donde el camino está alfombrado con las hojas de los falsos deseos que antes anhelabas, caídas ahora de los árboles de la desesperanza. 4Ahora se encuentran bajo tus pies. 5Y tú levantas la mirada y miras al Cielo con los ojos del cuerpo, que ahora te sirven sólo por un instante más. 6Por fin la paz ha sido reconocida, y tú pue­des sentir como su tierno abrazo envuelve tu corazón y tu mente con consuelo y amor.
11. Hoy no buscamos ídolos. 2La paz no se puede encontrar en ellos. 3La paz de Dios es nuestra, y no habremos de aceptar o querer nada más. 4¡Que la paz sea con nosotros hoy! 5Pues hemos encontrado una manera sencilla y grata de abandonar el mundo de la ambigüedad; y de reemplazar nuestros objetivos cambiantes por un solo propósito, y nuestros sueños solitarios por compañe­rismo. 6Pues la paz es unión, si procede de Dios. 7Hemos abando­nado toda búsqueda. 8Nos encontramos muy cerca de nuestro hogar, y nos acercamos aún más a él cada vez que decimos:

9No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea.

Resumen de la práctica

Instrucciones generales: Tiempo de quietud por la mañana/ noche, recordatorios cada hora, Respuesta a la tentación. Ver la Lección 153.

Propósito: No volver a buscar la paz en ídolos, sino en Dios. No volver a extraviarnos de nuestro camino sino seguir el camino directo a Dios.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).
Utiliza la lección: “No hay más paz que la paz de Dios”, para perdonar todos los acontecimientos de la hora anterior. No dejes que nada arroje su sombra sobre la hora que empieza. De este modo sueltas las cadenas del tiempo y permaneces libre mientras continúas en el tiempo.

Recordatorios frecuentes: Repite: “No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea”.

Respuesta a la tentación: (Sugerencia) Siempre que te sientas tentado a buscar la paz en cualquier cosa de este mundo, repite de inmediato: “No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea”.

Comentario

El mensaje básico de esta lección es que cada medio que usamos para intentar encontrar la paz por medio del mundo o desde el mundo, fracasará; únicamente es real y eterna la paz que procede de Dios, una paz que ya tenemos como parte del Ser que Él creó. (Algunas buenas secciones para leer en relación con la lección de hoy están en el Capítulo 11 del Manual: “¿Es Posible la Paz en este Mundo?”, y en el Texto, Capítulo 31, Sección IV: “La Verdadera Alternativa”).

Todo en este mundo termina con la muerte. Este mundo es el infierno, porque no importa qué dirección tomemos, no importa cuánto nos esforcemos, terminamos perdiéndolo todo al final. ¡Qué juego más deprimente, cuando el único resultado es perder! Ésta es la fuente de “la agonía de sufrir aún más amargos de­sengaños, o de verte invadido por una sombría desesperación y una gélida sensación de desesperanza y de duda” (1:3). Si jugamos al juego del mundo, buscando “felici­dad allí donde no la hay” (2:1), sólo podemos hacernos daño. Estamos “pidiendo la derrota” (2:3).

Es posible que no nos demos cuenta de esta desesperación, sin embargo está sumergida dentro de todo lo que hacemos. El libro de Ernest Becker “La Negación de la Verdad” trata de los modos en los que ansiosamente y con firmeza alejamos de nuestra mente la consciencia de la muerte, enterrándola por debajo de las trivialidades de la vida, esforzándonos por encontrar significado en algo a lo que poder agarrarnos y alcanzar la inmortalidad de algún modo. Becker llega a la misma conclusión que el Curso en algunos aspectos: que todos estamos locos, cegados por la negación y la proyección. La única diferencia entre nosotros y los que llamamos “locos” es que nuestra forma de negación tiene mejor resultado que la de ellos. Sin embargo, los “locos” son más honestos que nosotros. Ellos han aceptado que el mundo no significa nada y han elegido fabricar su propio mundo de fantasía para reemplazarlo, o llenos de desesperación se han suicidado. El resto de nosotros todavía seguimos dando tumbos con la cándida esperanza de que el mundo todavía puede ofrecernos satisfacción.

La lección nos pide que abandonemos la inútil búsqueda de felicidad mediante el cuerpo y el mundo, y que descansemos en la paz de Dios. Si podemos aceptar el hecho de que no encontraremos la felicidad o la paz en ningún otro sitio, podemos ahorrarnos muchos sufrimientos. Cuando miro a mi propia vida, los momentos más desgraciados han sido aquellos en los que alguien o algo en lo que había puesto mi esperanza de felicidad, me ha fallado: un matrimonio, una iglesia, un trabajo, un propósito noble, una esperanza de una relación romántica. La lección dice que éstos no son acontecimientos aislados. Representan todo. Es imposible encontrar paz aparte de la paz de Dios, y cuanto antes nos demos cuenta, antes encontraremos la verdadera felicidad.

“No te corres­ponde estar en este mundo. Aquí eres un extraño” (4:3-4). Así que renuncia a él. Déjalo ir. Deja de esperar que te haga feliz, nunca lo hará. “Pero te es dado encontrar los medios a través de los cuales el mundo deja de parecer una prisión o una cárcel para nadie” (4:5). ¡Hay una escapatoria! “Mas si quieres hallar escapatoria tienes que cambiar de parecer con respecto al propósito del mundo” (5:2).

El Texto dice lo mismo:

Hasta que no veas la curación del Hijo como lo único que deseas que tanto este mundo como el tiempo y todas las apariencias lleven a cabo, no conoce­rás al Padre, ni te conocerás a ti mismo. Pues usarás al mundo para un propósito distinto del que tiene, y no te podrás librar de sus leyes de violencia y de muerte.   (T.24.VI.4:3-4)

Para cambiar todo esto, y abrir un camino de esperanza y libe­ración en lo que aparenta ser un círculo interminable de desespe­ración, necesitas tan sólo aceptar que no sabes cuál es el propósito del mundo. Le adjudicas objetivos que no tiene, y de esta forma, decides cuál es su propósito. Procuras ver en él un lugar de ído­los que se encuentran fuera de ti, capaces de completar lo que está adentro dividiendo lo que eres entre lo que está afuera y lo que está adentro. Tú eliges los sueños que tienes, pues son la representación de tus deseos, aunque se perciben como si vinie­sen de afuera. Tus ídolos hacen lo que tú quieres, y tienen el poder que les adjudicas. Y los persigues fútilmente en el sueño porque deseas adueñarte de su poder. (T.29.VII.8)

Si podemos aceptar que no sabemos cuál es el propósito del mundo, seremos libres para aceptar el propósito que el Espíritu Santo ve en él. Hasta que abandonemos nuestros imaginarios propósitos, Su propósito nos parecerá borroso y difícil de comprender. Abandonar el propósito que creemos que tiene el mundo es lo que permite que nos demos cuenta de su verdadero propósito. Ese propósito es el perdón o, como dice la frase del Capítulo 24 del Texto, “la curación del Hijo”. El perdón se necesita en el infierno y, por lo tanto, este mundo debe ser el infierno (6:4). El perdón me ofrece a mí y a todos “escapar de los sueños de maldad, que… él cree que son reales” (6:5). Podemos decir que para lo que sirve el mundo es para “aprender a verlo de otra manera y encontrar la paz de Dios” (7:6).

Si el mundo es un lugar tan terrible y deprimente, lógicamente podríamos decir que encontrar la paz es abandonar el mundo. Morir. Salir de este cuerpo. Pero no es eso lo que dice esta lección. Se nos dice que “se empieza a tener paz en él cuando se le per­cibe de otra manera” (8:2). Fíjate en que: la paz empieza dentro del mundo. Empieza con una nueva percepción del mundo, no como una prisión sino como un aula de aprendizaje. A partir de aquí, el camino a la paz nos conducirá a “las puertas del Cielo y lo que yace tras ellas” (8:2). Pero tiene que empezar aquí.

Con conmovedoras imágenes de un camino “alfombrado con las hojas de los falsos deseos” podemos vernos a nosotros mismos elevando nuestros ojos de “los árboles de la desesperanza” a las puertas del Cielo (10:3). Queremos la paz de Dios, y nada más que la paz de Dios. En los instantes santos de que disfrutamos en nuestra práctica de hoy, reconocemos la paz que hemos estado buscando, y “sentir como su tierno abrazo envuelve tu corazón y tu mente con consuelo y amor” (10:6).

Las frases finales, que se nos dan para la práctica, resumen toda la lección. La mayoría de nosotros, enfrentados con el pensamiento de que no hay más paz que la paz de Dios, todavía no respondemos con alegría y agradecimiento. El mensaje de que “no hay ninguna esperanza de encon­trar respuesta alguna en el mundo” (T.31.IV.4:3), parece una píldora dura y amarga de tragar. En lugar de alegría, sentimos tristeza y algo de resentimiento. Con añoranza nos aferramos a nuestras vanas esperanzas de que los ídolos de este mundo todavía nos darán satisfacción de alguna manera. Queremos que lo hagan. Únicamente cuando hayamos aprendido a renunciar a ellos con alegría y agradecimiento, estaremos libres finalmente de su dominio sobre nosotros.

Que en mis prácticas de hoy busque encontrar esa alegría y agradecimiento dentro de mí mismo.  El Cristo en mí quiere “regresar a casa” (4:1). Hay una parte de mí que da un suspiro de alivio cuando empiezo a comprender que el mundo no puede satisfacerme y que me susurra: “¡Por fin! Por fin estás empezando a abandonar la fuente de tu dolor. ¡Gracias!” Que entre en contacto con esa parte de mi mente que pertenece al Cielo y que sabe que no pertenece a este mundo, es la única parte que en realidad existe. Cuanto más entro en contacto con ella, antes conoceré la paz que es mi herencia natural.

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