jueves, 11 de julio de 2013

Leccion 192, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 192


Tengo una función que Dios quiere que desempeñe.

1. La santa Voluntad de tu Padre es que tú lo completes, y que tu Ser sea Su Hijo sagrado, por siempre puro como Él, creado del Amor y en él, preservado, extendiendo amor y creando en su Nombre, por siempre uno con Dios y con tu Ser. 2Mas ¿qué sen­tido puede tener tal función en un mundo de envidia, odio y ataque?
2. Tienes, por lo tanto, una función en el mundo de acuerdo a sus propias normas. 2Pues, ¿quién podría entender un lenguaje que está mucho más allá de lo que buenamente puede entender? 3El perdón es tu función aquí. 4No es algo que Dios haya creado, ya que es el medio por el que se puede erradicar lo que no es verdad. 5Pues, qué necesidad tiene el Cielo de perdón? 6En la tierra, no obstante, tienes necesidad de los medios que te ayudan a abando­nar las ilusiones. 7La creación aguarda tu regreso simplemente para ser reconocida, no para ser íntegra.
3. Lo que la creación es no puede ni siquiera concebirse en el mundo. 2No tiene sentido aquí. 3El perdón es lo que más se le asemeja aquí en la tierra. 4Pues al haber nacido en el Cielo, carece de forma. 5Dios, sin embargo, creó a Uno con el poder de traducir a formas lo que no tiene forma en absoluto. 6Lo que Él hace es forjar sueños, pero de una clase tan similar al acto de despertar que la luz del día ya refulge en ellos, y los ojos que ya empiezan a abrirse contemplan los felices panoramas que esos sueños les ofrecen.
4. El perdón contempla dulcemente todas las cosas que son desco­nocidas en el Cielo, las ve desaparecer, y deja al mundo como una pizarra limpia y sin marcas en la que la Palabra de Dios puede ahora reemplazar a los absurdos símbolos que antes estaban escri­tos allí. 2El perdón es el medio por el que se supera el miedo a la muerte, pues ésta deja de ejercer su poderosa atracción y la culpa­bilidad desaparece. 3El perdón permite que el cuerpo sea perci­bido como lo que es: un simple recurso de enseñanza del que se prescinde cuando el aprendizaje haya terminado, pero que es incapaz de efectuar cambio alguno en el que aprende.
5. La mente no puede cometer errores sin un cuerpo. 2No puede pensar que va a morir o ser víctima de ataques despiadados. 3La ira se ha vuelto imposible. a¿Dónde está el terror ahora? 4¿Qué temores podrían aún acosar a los que han perdido la fuente de todo ataque, el núcleo de la angustia y la sede del temor? 5Sólo el perdón puede liberar a la mente de la idea de que el cuerpo es su hogar. 6Sólo el perdón puede restituir paz que Dios dispuso para Su santo Hijo. 7Sólo el perdón puede persuadir al Hijo a que contemple de nuevo su santidad.
6. Una vez que la ira haya desaparecido, podrás percibir que a cambio de la visión de Cristo y del don de la vista no se te pidió sacrificio alguno, y que lo único que ocurrió fue que una mente enferma y atormentada se liberó de su dolor. 2¿Es esto indesea­ble?3¿Es algo de lo que hay que tener miedo? 4¿O bien es algo que se debe anhelar, recibir con gratitud y aceptar jubilosamente? 5Somos uno, por lo tanto, no renunciamos a nada. 6Y Dios cierta­mente nos ha dado todo.
7. No obstante, necesitamos el perdón para percibir que esto es así. 2Sin su benévola luz, andamos a tientas en la oscuridad usando la razón únicamente para justificar nuestra furia y nues­tros ataques. 3Nuestro entendimiento es tan limitado que aquello que creemos comprender no es más que confusión nacida del error. 4Nos encontramos perdidos en las brumas de sueños cam­biantes y pensamientos temibles, con los ojos herméticamente cerrados para no ver la luz, y las mentes ocupadas en rendir culto a lo que no está ahí.
8. ¿Quién puede nacer de nuevo en Cristo sino aquel que ha per­donado a todos los que ve, o en los que piensa o se imagina? 2¿Quién que mantenga a otro prisionero puede ser liberado? 3Un carcelero no puede ser libre, pues se encuentra atado al que tiene preso.4Tiene que asegurarse de que no escape, y así, pasa su tiempo vigilándolo. 5Y los barrotes que mantienen cautivo al preso se convierten en el mundo en el que su carcelero vive allí con él. 6Sin embargo, de la liberación del preso depende que el camino de la libertad quede despejado para los dos.
9. Por lo tanto, no mantengas a nadie prisionero. 2Libera en vez de aprisionar, pues de esa manera tú quedas libre. 3Los pasos a seguir son muy sencillos. 4Cada vez que sientas una punzada de cólera, reconoce que sostienes una espada sobre tu cabeza. 5Y ésta te atravesará o no, dependiendo de si eliges estar condenado o ser libre. 6Así pues, todo aquel que aparentemente te tienta a sentir ira representa tu salvador de la prisión de la muerte. 7Por lo tanto, debes estarle agradecido en lugar de querer infligirle dolor.
10. Sé misericordioso hoy. 2El Hijo de Dios es digno de tu miseri­cordia. 3Él es quien te pide que aceptes el camino de la libertad ahora. 4No te niegues a ello. 5El Amor que su Padre le profesa te lo profesa a ti también. 6Tu única función aquí en la tierra es perdo­narlo, para que puedas volver a aceptarlo como tu Identidad. 7Él es tal como Dios lo creó. 8tú eres lo que él es. 9Perdónale ahora sus pecados y verás que eres uno con él.


Resumen de la práctica

Instrucciones generales: Tiempo de quietud por la mañana/ noche, recordatorios cada hora, Respuesta a la tentación. Ver la Lección 153.

Propósito: Abandonar la ira, para cumplir tu función de perdonar a tu hermano sus pecados y así sentir que tú eres lo que él es: el Hijo de Dios. Esto intensificará tu motivación y fortalecerá tu compromiso. Y salvará al mundo.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).

Respuesta a la tentación: Siempre que alguien te tiente a enfadarte, date cuenta de que sostienes una espada sobre tu cabeza  y que caerá o se desviará según lo que elijas. Date cuenta de que tienes que estarle agradecido a tu hermano, pues te ha dado una oportunidad de liberarte a ti mismo, y por lo tanto es tu salvador.

Comentario

En el Cielo tenemos una elevada y santa función: es la creación. El primer párrafo lo describe lo mejor que se puede en palabras, aunque aquí en la tierra no podemos ni imaginar lo que es (3:1). La creación es completar a Dios, extender Su Amor en Su Nombre. ¿Qué significa eso? No podemos entenderlo completamente hasta que estemos allí de nuevo, sintiendo su significado de manera directa.

Por lo tanto, en la tierra tenemos “una función en el mundo de acuerdo a sus propias normas” (2:1), algo que podemos entender en el entorno en el que nos encontramos. “El perdón es tu función aquí” (2:3). “El perdón es lo que más se le asemeja (a la creación) aquí en la tierra” (3:3). La creación no tiene forma, el perdón es la creación traída a la forma, un sueño feliz tan cerca del Cielo que, cuando entremos en él completamente, nuestros “ojos que ya empiezan a abrirse contemplan los felices panoramas que esos sueños les ofrecen” (3:4-6).

Tal como se presenta en el Curso, el perdón es mucho más que simplemente abandonar los resentimientos concretos que albergamos contra aquellos que han sido injustos con nosotros. Es un cambio total en nuestra manera de ver al mundo entero. La postura básica del ego es ver al mundo como la causa de nuestros sufrimientos. Parece haber razón más que suficiente para esa opinión. ¿Cómo podemos estar contentos cuando nada dura, cuando el dolor y el sufrimiento parecen estar en todas partes, cuando las personas y las cosas que amamos nos las arrebata el destino y cuando la muerte nos espera al final, sin importar lo que hagamos? El perdón significa que dejamos a un lado tal opinión acerca del mundo, y permitimos que al Espíritu Santo lo reemplace todo ello con una nueva manera de ver las cosas. Esto incluye una nueva valoración de nuestro propio cuerpo, en el que dejamos de identificarnos con él, y ya no nos vemos atados a él. Llegamos a ver el cuerpo como “un simple recurso de enseñanza del que se prescinde cuando el aprendizaje haya terminado, pero que es incapaz de efectuar cambio alguno en el que aprende” (4:3). Nos damos cuenta de que en realidad somos una “mente sin un cuerpo” (5:1). “Sólo el perdón puede liberar a la mente de la idea de que el cuerpo es su hogar” (5:5).

Ésa es la meta a la que el Curso nos está llevando. Sin embargo, aunque el perdón es mucho más que simplemente abandonar los resentimientos concretos, es ahí donde empieza. Al trabajar con lo concreto empezamos por lo básico, y poco a poco aprendemos a generalizarlo y aplicarlo al mundo entero, incluyendo nuestra jaula física (cuerpo).

Puede parecer que se nos pide que abandonemos muchísimo. Sin duda, finalmente se nos pide que abandonemos el mundo entero, incluido nuestro cuerpo, toda esta “vida” en la que pensamos que estamos viviendo. Pero, cuando todo esto se haya logrado, cuando nuestra ira contra el mundo haya desaparecido

… podrás percibir que a cambio de la visión de Cristo y del don de la vista no se te pidió sacrificio alguno, y que lo único que ocurrió fue que una mente enferma y atormentada se liberó de su dolor. ¿Es esto indesea­ble? ¿Es algo de lo que hay que tener miedo?   (6:1-3)

Si podemos llegar a perdonar al mundo, lo veremos como la ilusión que siempre ha sido, y lo dejaremos ir con mucho gusto, conscientes de que nunca fue nada más que una pesadilla de dolor y de muerte. Por el contrario, si no lo hemos perdonado, no hacemos más que “rendir culto a lo que no está ahí” (7:4). Lo valoramos precisamente porque nos castiga, porque en nuestra locura de culpa secretamente creemos que nos lo merecemos.

Nuestra ira contra el mundo nos aprisiona. Nos hemos convertido en el guardián, atentos a encontrarle culpa, y al hacer esto nos condenamos a nosotros mismos a la prisión con los prisioneros que estamos vigilando. Si el “guardián” no perdona a “todos los que ve, o en los que piensa o se imagina” (8:1), él tiene que vivir en la prisión vigilando a los criminales. Esto es lo que nos ata a este mundo, no su belleza, ni sus posibilidades, sino nuestra ira contra él por no ser lo que pensamos que debería ser. Nuestra ira sostiene una espada sobre nuestra cabeza (9:4).

Por lo tanto, el modo de escapar de la prisión es liberar a todos los prisioneros. Podemos aprender esto reconociendo que cada vez que nos sentimos tentados a enfadarnos, que puede manifestarse desde la furia más desenfrenada hasta una ligera irritación (L.21.2:5), se nos está ofreciendo una oportunidad de liberarnos a nosotros mismos. Podemos estar agradecidos, en lugar de furiosos. Podemos perdonar. Incluso podemos estar agradecidos por la oportunidad (9:7). Ésta es nuestra única función verdadera aquí (10:6). Ésta es la lección que toda la vida nos está enseñando. Esto es Un Curso de Milagros.

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