domingo, 7 de julio de 2013

Leccion 188, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 188

La paz de Dios refulge en mí ahora.

1. ¿Por qué esperar al Cielo? ?Los que buscan la luz están simple­mente cubriéndose los ojos. 3La luz ya está en ellos. 4La ilumina­ción es simplemente un reconocimiento, no un cambio. 5La luz es algo ajeno al mundo, y tú en quien mora la luz eres asimismo un extraño aquí. 6La luz vino contigo desde tu hogar natal, y permaneció contigo, pues es tuya. 7Es lo único que trajiste contigo de Aquel que es tu Fuente. 8Refulge en ti porque ilumina tu hogar, y te conduce de vuelta al lugar de donde vino y donde finalmente estás en tu hogar.
2. Esta luz no se puede perder. 2¿Por qué esperar a encontrarla en el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca existió? 3Es tan fácil contemplarla que los argumentos que demuestran que no puede existir se vuelven irrisorios. 4¿Quién podría negar la pre­sencia de lo que contempla en sí mismo? 5No es difícil mirar en nuestro interior, pues ahí nace toda visión. 6Lo que se ve, ya sea en sueños o procedente de una Fuente más verdadera, no es más que una sombra de lo que se ve a través de la visión interna. 7Ahí comienza la percepción y ahí termina. 8No tiene otra fuente que ésta.
3. La paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se extiende por todo el mundo. 2Se detiene a acariciar cada cosa viviente, y le deja una bendición que ha de perdurar para siempre. 3Lo que da no puede sino ser eterno. 4EIimina todo pensamiento de lo efímero y de lo que carece de valor. 5Renueva todos los cora­zones fatigados e ilumina todo lo que ve según pasa de largo. Todos sus dones se le dan a todo el mundo, y todo el mundo se une para darte las gracias a ti que das y a ti que has recibido.
4. El resplandor de tu mente le recuerda al mundo lo que ha olvi­dado, y éste a su vez, restituye esa memoria en ti. 2Desde ti la salvación irradia dones inconmensurables, que se dan y se devuelven. 3A ti que das el regalo, Dios Mismo te da las gracias. 4Y la luz que refulge en ti se vuelve aún más brillante con Su bendi­ción, sumándose así a los regalos que tienes para ofrecérselos al mundo.
5. La paz de Dios jamás se puede contener. 2El que la reconoce dentro de sí tiene que darla. 3los medios a través de los que puede hacerlo residen en su entendimiento. 4Puede perdonar por­que reconoció la verdad en él. 5La paz de Dios refulge en ti ahora, así como en toda cosa viviente. 6En la quietud la paz de Dios se reconoce universalmente. 7Pues lo que tu visión interna contem­pla es tu percepción del universo.
6. Siéntate en silencio y cierra los ojos. 2La luz en tu interior es suficiente. 3Sólo ella puede concederte el don de la visión. 4Ciérrate al mundo exterior, y dale alas a tus pensamientos para que lleguen hasta la paz que yace dentro de ti. 5Ellos conocen el camino.6Pues los pensamientos honestos, que no están mancillados por el sueño de cosas mundanas externas a ti, se convierten en los santos mensajeros de Dios Mismo.
7. Éstos son los pensamientos que piensas con Él. 2Ellos recono­cen su hogar 3y apuntan con absoluta certeza hacia su Fuente, donde Dios el Padre y el Hijo son uno. 4La paz de Dios refulge sobre ellos, pero ellos no pueden sino permanecer contigo tam­bién, pues nacieron en tu mente, tal como tu mente nació en la de Dios. 5Te conducen de regreso a la paz, desde donde vinieron con el sólo propósito de recordarte cómo regresar.
8. Ellos acatan la Voz de tu Padre cuando tú te niegas a escuchar. 2te instan dulcemente a que aceptes Su Palabra acerca de lo que eres en lugar de fantasías y sombras. 3Te recuerdan que eres el co-creador de todas las cosas que viven. 4Así como la paz de Dios refulge en ti, refulge también en ellas.
9. El propósito de nuestras prácticas de hoy es acercarnos a la luz que mora en nosotros. 2Tomamos rienda de nuestros pensamien­tos errantes y dulcemente los conducimos de regreso allí donde pueden armonizarse con los pensamientos que compartimos con Dios. 3No vamos a permitir que sigan descarriados. 4Dejaremos que la luz que mora en nuestras mentes los guíe de regreso a su hogar. 5Los hemos traicionado al haberles ordenado que se apar­tasen de nosotros. 6Pero ahora les pedimos que regresen y los purificamos de cualquier anhelo extraño o deseo confuso. 7Y así, les restituimos la santidad que es su herencia.
10. De esta forma, nuestras mentes quedan restauradas junto con ellos, y reconocemos que la paz de Dios refulge todavía en no­sotros, y que se extiende desde nosotros hasta todas las cosas vivientes que comparten nuestra vida. 2Las perdonamos a todas, y absolvemos al mundo entero de lo que pensábamos que nos había hecho. 3Pues somos nosotros quienes construimos el mundo como queremos que sea. 4Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo a la salvación. 5sobre él vertemos nuestra bendición salvadora, según decimos:

6La paz de Dios refulge en mí ahora. 7Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí.


Resumen de la práctica

Instrucciones generales: Tiempo de quietud por la mañana/ noche, recordatorios cada hora, Respuesta a la tentación. Ver la Lección 153.

Propósito: Dejar a un lado los pensamientos de distracción, que están fijos en el mundo exterior y sentir la paz de Dios dentro de ti ahora. Esto intensificará tu motivación y fortalecerá tu compromiso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.

  • Di: “La paz de Dios refulge en mí ahora. Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí”.
  • Siéntate en silencio y cierra los ojos. Has dejado que tus pensamientos se alejen perdidos. Los has expulsado fuera de ti, y el mundo los ha oscurecido. Ahora tráelos hacia ti suavemente. Deja fuera el mundo externo, y deja que tu atención se purifique de los deseos y caprichos dementes. Deja que tus pensamientos honestos y puros de ahora regresen a la paz de tu interior. Deja que la luz de tu mente los guíe al hogar. Allí se convierten en los santos mensajeros de Dios. Ahí están de acuerdo con tus pensamientos reales, los que compartes con Dios. Ahí se convierten en tus pensamientos reales, a los que se les ha devuelto su herencia sagrada. Estos pensamientos reconocen su hogar y señalan el camino allí. Te llevan de regreso a la paz. Te ruegan que escuches a la Voz de Dios cuando tú no la escuchas y que aceptes Su Palabra en lugar de fantasías y sombras.

Observaciones: Al dejar que tus pensamientos vayan a la paz de tu interior, la paz de Dios en ti se extiende desde tu corazón a todo el mundo, bendiciendo a cada cosa viviente, devolviéndoles el recuerdo de Dios.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).

Respuesta a la tentación: Siempre que sea necesario.
Repite la idea.

Comentario

En esta frase siempre siento la mayor importancia en la última palabra “ahora”. Me habla del instante santo. Me dice que, sean cuales sean las tormentas que parezcan estar rugiendo en mi mente, sean cuales sean las circunstancias caóticas en las que me encuentre, dentro de mí hay un faro constante de paz, siempre brillando, constante y sin fin. Me invita a pararme un momento, a retirar mi atención de la agitación que caracteriza mi “vida” en este mundo, y volverme a conectar con la paz. En algún lugar dentro de mí, hay un lugar que siempre está en perfecta paz, como el ojo de un huracán. Y puedo encontrar ese lugar en cualquier momento que lo elija, deseando encontrarlo de verdad.

El Curso es insistente en su visión. Nada nos separa del Amor de Dios. La completa salvación, la paz perfecta, la pura dicha, y el perdón completo siempre están disponibles ahora. “La ilumina­ción es simplemente un reconocimiento, no un cambio” (1:4). Lo que llamamos la iluminación es sencillamente reconocer la presencia de la luz, que nunca nos ha dejado. Es darse cuenta de que la única razón de que no podamos ver la luz es que nos tapamos los ojos con las manos. Por eso es por lo que “no necesitamos hacer nada”. No tenemos que hacer, tenemos simplemente que deshacer. Dejamos de impedir la luz, que siempre está ahí.

Recordarás que se anunció que esta serie de lecciones estaba directamente dirigida para ciertos obstáculos concretos, (L.In.181-200.2:1). El obstáculo concreto al que se refiere esta lección es simplemente la tendencia a ver la iluminación como algo futuro. Las palabras del comienzo son la clave: “¿Por qué esperar al Cielo? ¿Por qué esperar a encontrarla en el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca existió?” (1:1; 2:2). Todo lo que necesitamos hacer para descubrir su realidad es mirar dentro de nosotros mismos, donde siempre ha estado.

Pero la paz de Dios no sólo está dentro de mí, está brillando en mí. “La paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se extiende por todo el mundo” (3:1). Me puedo sentir oprimido, me pudo sentir desolado. Sin embargo, desde dentro de mi ser la paz de Dios se extiende como un faro universal a todo el mundo. Mi mente recta se extiende a sí misma para ayudar a toda la creación, deteniéndose a “acariciar cada cosa viviente” (3:2) (¡Qué imagen más hermosa le trae eso a mi mente!), dejando una bendición para siempre a todo lo que toca. Eso es parte de lo que traigo a mi consciencia, eso es parte de la imagen de mi Ser que estoy aprendiendo a reconocer cada vez que me paro, me aquieto, y miro dentro de mí. Cuando el Curso dice que estoy entre los salvadores del mundo, no me habla algo que tenga que lograr, me habla de lo que ya soy.

Ahora e incluso en mis momentos más obscuros, dentro de mí hay una corriente continua de pensamientos de luz. Hay una corriente de luz celestial que aumenta constantemente a través de mí para extender amor y bendecir al mundo y a mí mismo. Esa corriente de pensamientos es algo de lo que puedo ser consciente y con lo que puedo sintonizar en el instante santo.

“Acepta Su Palabra acerca de lo que eres” (8:2); esto es lo que esta lección nos pide que hagamos. Leemos acerca del Cristo, leemos acerca del Buda y de su corazón compasivo. Buda eres tú. Y ése es el mensaje de Jesús a nosotros, que somos como él es. “Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1Juan 2:6). Somos el Cristo, eso es lo que somos, eso es lo que necesitamos aceptar. Parece demasiado elevado, mucho más allá de la idea que tenemos de nosotros mismos. Pero en el instante santo, en la quietud, cuando nos retiramos del mundo y dejamos que nuestros “pensamientos lleguen hasta la paz que yace dentro” de nosotros (6:4), podemos conocernos a nosotros como el Cristo. Podemos sentir la profundidad del amor que quiere expresarse a sí mismo a través de nosotros.

Puede que no hagamos ese gran trabajo todavía, dejar que ese amor salga. Puede que nos interpongamos en su camino a menudo. Pero está en nosotros, y es nosotros, el amor que quiere abrazar al mundo, sanar sus heridas y secar sus lágrimas. Todos sabemos que es así si miramos dentro. Hoy podemos contemplar al mundo y a todos los que están en él y decir:


Las perdonamos a todas, y absolvemos al mundo entero de lo que pensábamos que nos había hecho… Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo a la salvación. Y sobre él vertemos nuestra bendición salvadora, según decimos:

La paz de Dios refulge en mí ahora. Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí. (10:2,4-7)

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