miércoles, 31 de julio de 2013

Leccion 212, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso

Comentario

¿Cuál es la función que Dios tiene para mí? La Lección 192, que repasamos hoy, me dijo: “El perdón es tu función aquí”. Necesito que se me recuerde eso. Mi función no es una profesión determinada o una ocupación. El contenido es lo que importa, la forma se irá amoldando a ese contenido, basado en las circunstancias de mi vida. El contenido es el perdón. Si me pregunto cuál debería ser mi ocupación, o qué dirección debería tomar mi vida, me haré esta pregunta: ¿Cómo puedo expresar mejor el perdón en mi vida en este momento? O mejor aún, le haré esa pregunta al Espíritu Santo.

Una “ocupación” es lo que ocupa la mayor parte de mi vida. ¿Cómo puedo ocupar la mayor parte de mi vida con el perdón? ¿En qué forma? ¿Cómo puedo ser más útil para contemplar las ilusiones y verlas desaparecer? ¿Cómo puedo ser más útil para ayudarme a mí mismo y a los demás a abandonar toda culpa? ¿Cómo puedo reflejar mejor el amor en este mundo?

Yo trabajo como escritor (tú probablemente trabajas en algo diferente, rellénalo como te parezca). Pero esa ocupación no es mi función, es sólo un medio de expresar mi función, que es el perdón: la misma función que Dios nos ha dado a todos nosotros. La forma -la ocupación- puede cambiar o desaparecer; pero mi función sigue siendo la misma. Hace unos años yo trabajaba de asesor de informática porque, en aquel momento, yo sentía que era el mejor medio de llevar a cabo mi función. Luego la forma cambió, pero no el contenido.

Que no busque ninguna función en la forma. Que busque siempre el contenido. El contenido del perdón, de reflejar amor en este mundo y de liberar de la culpa es lo que me liberará de las ilusiones. Por eso, todo lo que busco, y todo lo que reclamo como mío, es la función que Dios me dio (el contenido), y no una ocupación o trabajo o situación.

No soy un cuerpo (forma). Soy libre. Lo que yo soy no tiene ninguna forma y, por lo tanto, no estoy atado a ninguna forma ni limitado por ella. 


martes, 30 de julio de 2013

La aceptación incondicional, Patricia Besada




Leccion 211, Un Curso de Milagros



Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso

Comentario

Buscar la gloria de Dios en mi Ser, eso suena un poco pretencioso. Sin embargo, la lección dice que busquemos esta gloria “con verdadera humildad”. Por supuesto, el Curso está hablando de el Ser, y no de mi ser. “Pero no nos referimos aquí al interés propio del ser del que el mundo habla” (M.4.VII.2:2). Cuando alguien dice: “La gloria de Dios está en mí” o “Soy el santo Hijo de Dios Mismo”, hay una gran diferencia según a que “mí” o “yo” se refiere. Si es el ser que creo que existe separado de los billones de otros seres de este mundo, no estamos hablando de la verdad. Estamos siendo pretenciosos. Si se refiere al Ser que es compartido por todos esos billones, el Ser del que mi pequeña consciencia es sólo un trozo, es la Verdad que me hace libre.

La gloria de Dios no está en el pequeño ser, sino que mora en el Ser. Y contemplar esa gloria “en el Hijo que Él creó como mi Ser” no lleva a falsas ilusiones de grandiosidad, sino a la verdadera grandeza,  a la grandeza que se percibe y se comparte al instante con todas las cosas vivientes. No existe una posición mía por encima de otros, pues la gloria en ellos es la mía propia.


Estas lecciones finales del repaso, antes de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, se refieren mucho a cosas como el silencio, y contemplar la gloria de Dios. En estos momentos de práctica, busquemos abrirnos a esa clase de experiencia, a un ver que no es con los ojos, a una consciencia de la realidad de nuestro Ser, el Hijo de Dios. Que mis insignificantes pensamientos se acallen, y que yo oiga la Voz de Dios hablando dentro de mí, hablando a mi ser de mi Ser, atrayéndome a regresar en armonía con ese inmenso Ser al que yo pertenezco, reuniendo juntos los aparentes trozos de la Filiación en una Totalidad armoniosa. Ciertamente, soy tal como Dios me creó. No un simple cuerpo, ni limitado por el cuerpo, ni caracterizado por el cuerpo, sino “libre de toda limita­ción, a salvo, sano y pleno” (L.97.7:2). Soy lo que Dios creó, el santo Hijo de Dios Mismo.

domingo, 28 de julio de 2013

Leccion 210, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

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Comentario

Si viéramos claramente que ésta es nuestra elección -la alegría o el dolor-, ¿habría alguna dificultad en elegir?

Aprender que ésta es la única elección es lo que lleva tanto tiempo.

Estamos enormemente confundidos acerca de lo que nos hace felices. Estamos convencidos de que nuestro cuerpo nos puede proporcionar felicidad. Estamos convencidos de que una relación sentimental buena nos puede proporcionar felicidad. Estamos seguros de que renunciar a ciertas cosas de este mundo nos traerá mucho sufrimiento. Se necesita tiempo, y a veces la ilusión de “renunciar”, para aprender que no renunciamos a nada. “Se tiene que haber aprendido mucho, tanto para darse cuenta de que el mundo no tiene nada que ofrecer como para aceptar este hecho” (M.13.2:1).

“El dolor es mi propia invención” (1:2). ¡Qué afirmación más sorprendente! El dolor es una idea que yo he pensado por mi cuenta, no con Dios. El dolor está intentando encontrar la felicidad en este mundo. Me he enseñado a mí mismo que el mayor placer de todos es la autonomía total, la independencia completa, bastarme a mí mismo por mi cuenta. Yo he elegido esto y, al hacerlo, he inventado el dolor. Ahora, estoy aprendiendo a elegir la Voluntad de Dios en lugar de lo que yo he inventado, la alegría en lugar del dolor. “Te estoy enseñando a que asocies la infelicidad con el ego y la felicidad con el espíritu” (T.4.VI.5:6).


Que hoy me dé cuenta de que al decir: “No soy un cuerpo”, estoy eligiendo la alegría en lugar del dolor. En cambio, si continúo afirmando: “soy un cuerpo”, estoy eligiendo el dolor en lugar de la felicidad.

Leccion 209, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

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Comentario

“El Amor de Dios es lo que me creó” (1:2). Crear y amar son lo mismo (T.7.I.3:3). El Amor, por su naturaleza, se extiende hacia fuera y crea más de Sí Mismo, crea a Su semejanza… “Dios te creó extendiéndose a Sí Mismo hasta dar lugar a lo que eres…” (T.7.I.5:2). “¿Crees que puedes juzgar al Ser de Dios? Dios lo creó inmune a todo juicio: como resultado de Su necesidad de extender Su Amor” (T.15.V.11:1-2). Nuestro Ser fue creado por la necesidad del Amor de extenderse a Sí Mismo. Somos el resultado natural de la extensión del Amor.

Por lo tanto, lo que somos es Amor extendido. Lo que soy es Amor, Amor es lo que yo soy. Es todo lo que soy. No hay ninguna parte de mí que no sea Amor. Soy enteramente Amor. Esa parte de mí que cree ser algo distinto -que esta mañana puede parecer temeroso, o deprimido, o aburrido, o apagado y sin vida, o enfadado, o malvado y rencoroso- es únicamente una ilusión, una invención de mi imaginación. No es real. No soy yo. Yo soy únicamente Amor y, por lo tanto, enseño sólo Amor.

Soy Hijo del Amor, “el Amor de Dios proclamó que yo soy Su Hijo” (1:4). Estoy hecho a imagen y semejanza del Amor. No puedo ser algo distinto al Amor, tampoco he hecho otra cosa que amar. Cuando creía que era otra cosa, sólo estaba soñando. No soy un cuerpo, obsesionado con la conservación de sí mismo. Soy libre para amar, y libre para amar libremente. “Dios nunca dejará de amar a Su Hijo y Su Hijo nunca dejará de amar a su Padre” (T.10.V.10:6).

“El Amor de Dios dentro de mí es mi liberación” (1:5). Unirme a ese Amor dentro de mí es lo que me libera de la esclavitud que me he impuesto a mí mismo. Aceptar ese Amor como lo que yo soy es lo que me libera de toda culpa. Permitir que ese Amor se extienda a través de mí es lo que me libera de todo sufrimiento y me llena de felicidad. El Amor es mi libertador.

Que hoy acepte que el Amor de Dios está dentro de mí. Que sienta Su Presencia. Que me alegre de ser Amor. Todas las pequeñas cosas que parecen preocuparme, que parecen decirme que yo no soy Amor, o que alguien no es Amor,  todas esas pequeñas cosas desaparecen en la nada cuando abro mi corazón al Amor.


sábado, 27 de julio de 2013

Leccion 208, Un Curso de Milagros



Instrucciones para la práctica

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Comentario

Una y otra vez el Curso nos pide que “nos aquietemos”. Es sorprendente cuánto beneficio puede obtenerse de una sencilla pausa, aunque sólo sean diez segundos, cerrar los ojos y recordar la paz de Dios que está dentro de mí. Sólo la palabra “paz”, repetida mentalmente, puede tener un efecto relajante y sanador sobre la mente. Esto no es algo que venga sin nuestra colaboración activa. La práctica es necesaria. “Me aquietaré” es un acto de voluntad, una elección, una decisión. Hay que parar la frenética y continua corriente de pensamientos y preocupaciones, y la mente tiene que volverse hacia esa “quietud” (1:3) que está “dentro de mi corazón” (1:4).

La mayoría de nuestras horas de vigilia (y probablemente mientras dormimos, aunque no nos demos cuenta de ello) las pasamos con distintas preocupaciones que, cuando las despojamos de todo y las reducimos a lo básico, son preocupaciones acerca de nuestro cuerpo, de un modo u otro. Los cuidados diarios de bañarse, arreglarse, vestirse, y descansar nuestro cuerpo, está continuamente en nuestra mente. El tiempo que pasamos “ganándonos la vida” se necesita por la necesidad de dinero para comprar comida, ropa y alojamiento, y para nuestra diversión. Pero no somos cuerpos. Necesitamos recordatorios frecuentes de este hecho. Necesitamos pararnos y decirnos a nosotros mismos: “Paz, aquiétate”. Parece más fácil no hacer el esfuerzo, simplemente dejar que la corriente de preocupaciones corporales nos arrastre hacia delante de un momento al siguiente. Sin embargo, cuando hacemos el esfuerzo, cuando nos salimos de la corriente de pensamientos durante un minuto para aquietarnos y encontrar la paz de Dios, todo empieza a ir sin problemas ni complicaciones. Nos sentimos más felices que antes. Como dice un antiguo cántico cristiano: “Las cosas que antes eran preocupaciones desesperadas, ahora no pueden alterar mi descanso”.


Tenemos una fuente de paz dentro de nuestro corazón. Espera a que echemos mano de ella y bebamos su refrescante agua. Está aquí ahora, brillando dentro de nosotros. Ahora mismo, y a menudo durante el día de hoy: “Me aquietaré”. Acudiré a esa riqueza interior que “da testimonio de Dios Mismo” (1:4).   

viernes, 26 de julio de 2013

Leccion 207, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso

Comentario

Todo lo que necesito ya está dentro de mí. Se me da a conocer cuando lo doy a conocer a otros, porque en realidad no hay “otros”, sólo hay uno. Nos quedamos atrapados en preguntas como: ¿Me perdono a mí mismo primero, y así quedo libre para perdonar a otros? O ¿perdono a mi hermano, y así encuentro el perdón para mí mismo?, y ¿Debo amarme primero a mí mismo antes de poder amar a otros, o viceversa? Cuando hacemos tales preguntas, estamos intentando explicar una realidad unificada partiendo de la base de la dualidad, no podemos tener una respuesta clara porque la pregunta se hace desde un punto de vista equivocado.

 “Aceptar Su infinito Amor por mí” (1:3) es aceptar ese amor por otros, porque todos nosotros somos trozos de una única mente que todos compartimos. No es posible amarme a mí mismo excluyendo a los otros, eso no es amor en absoluto. Tampoco es amor “amar” a alguien y sacrificarme yo a favor suyo.

“Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo”.Esto no significa que satisfacer las exigencias de mi ego beneficie a todos los demás. Según lo que Hugo y Gayle Prather -maestros del Curso- llaman “psicología de la separación (en su libro Nunca Te Dejaré), muchas personas piensan que amarte a ti mismo significa buscar tu propia felicidad a costa de tu pareja e hijos. Eso no es lo que el Curso enseña aquí. Las cosas se han ido al otro extremo: de sacrificarte a ti mismo por la familia o por tu pareja (en las décadas de 1940 y 1950) a sacrificar a la familia y a tu pareja en beneficio tuyo (en las décadas de 1980 y 1990). Tanto uno como otro son enfoques equivocados basados en el dualismo.
  
“Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo” podría decirse al revés y ser igualmente verdad: “me bendigo a mí mismo porque bendigo al mundo”. Dar y recibir son lo mismo, ésta es una de las principales lecciones del Curso y, tal como lo reconoce, una de las más difíciles de aprender para nosotros.


“La bendición de Dios irradia sobre mí desde dentro de mi corazón, donde Él mora” (1:2). Dentro de mí se encuentra el Amor de Dios radiante y que todo lo abarca. Cuando me vuelvo a Él, me envuelve e inmediatamente se extiende para abrazar a todos a través de mí. Lo que intenta el Curso es que descubramos eso. “Aún soy tal como Dios me creó”. Aún soy ese Amor. ¿Cómo puedo saber que soy Amor si no lo expreso? Por Su naturaleza, el Amor se extiende a otros y los incluye en Su corazón. El maravilloso descubrimiento de mi propia naturaleza como Amor no puede hacerse sin la extensión de ese Amor a mi hermano. Bendecirme a mí mismo y bendecir al mundo es lo mismo. Cuando bendigo al mundo aprendo a amarme a mí mismo; y de la misma manera, cuando me amo a mí mismo de verdad, me convierto en una bendición para el mundo que me rodea. Necesito a mis hermanos, no para que me den lo que no tengo, sino para recibir y compartir Lo Que Yo Soy. 

jueves, 25 de julio de 2013

Leccion 206, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

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Comentario

No soy un cuerpo, soy el Hijo de Dios. Soy espíritu, dotado con los regalos de Dios. No soy lo que aparento ser, tampoco lo que durante la mayor parte de mi vida he pensado que yo era. Soy un ser espiritual que está teniendo una experiencia humana, y mi misión aquí (si quiero aceptarla) es dar los regalos de Dios dondequiera que Él me pida que los dé. Y eso abarca a todo el mundo.

El Curso pide un repaso de todas las ideas que tengo acerca de mí mismo. He pensado que yo era una especie de alma pobre y perdida, que va de un sitio para otro sola y asustada. He pensado que yo estaba necesitado y que no tenía recursos. Me he sentido huérfano; como si no encajara en ningún sitio, no importa cuántos lugares haya visitado, o lo que haya intentado para solucionarlo. Me he sentido deprimido, intentando salir de ello.

Ahora, llega este libro, un mensaje de Dios para mí, y me dice que de mí depende la salvación del mundo. Soy una figura central en el plan de todos los siglos. Todo depende de mí, y eso parece atemorizante. Y sin embargo, tengo para dar al mundo los regalos que lo salvarán. Puedo darle mi amor. Puedo darle mi confianza. Puedo darle mi amabilidad, mi ternura y mi misericordia. Puedo dar a aquellos a mi alrededor mi comprensión y mi fe en ellos. Con mi perdón puedo liberarles de la culpa.

Ésta es una idea tan sorprendente de lo que soy que al principio parece ridícula. Al principio, pienso que verme a mí mismo de este modo es el colmo de la arrogancia. Y sin embargo… y sin embargo, si así es como Dios me creó, si para ser esto es para lo que me creó, lo que es arrogante es rechazar la tarea que se me ha dado. Él no me pide que me coloque por encima de nadie. Al contrario, Él me pide que demuestre que todos tienen los regalos de Dios también, que son como yo.


Dios me pregunta: “¿Estás listo ya para ayudarme a salvar el mundo?” (C.2.9:1). Todo el Cielo espera ansiosamente mi decisión. ¿Diré: “Sí”? Me atreveré a decir, de corazón y con comprensión, cada palabra: “De mí depende la salvación del mundo”.

miércoles, 24 de julio de 2013

Leccion 205, Un Curso de Milagros



Instrucciones para la práctica

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Comentario

El Sexto Repaso dice: “Cada una de estas ideas por sí sola podría salvarte si verdaderamente la aprendie­ses” (L.rVI.Int.1:3). Añade: “Cada uno de ellos encierra dentro de sí el programa de estu­dios en su totalidad si se entiende, se practica, se acepta y se aplica a todo cuanto parece acontecer a lo largo del día” (L.rVI.Int.2:2). Me resulta fácil creer eso de la lección de hoy. Si te gusta aprender de memoria (como a mí), esta lección es excelente para añadirla a tu lista.

Es importante fijarse en los cuatro verbos que se consideran como pasos para aprender “el programa de estu­dios en su totalidad”:

Se entiende: Aunque el Curso recomienda la experiencia muchísimo, y señala que una teología universal es imposible (C.Int.2:5), no puedes pasar por alto el hecho de que considera que la comprensión es muy importante. ¿Cómo podemos tener la experiencia de una idea si no la entendemos? La comprensión se considera aquí un paso fundamental. Antes de poder utilizar la idea “Deseo la paz de Dios”, tenemos que entenderla. Dentro de la idea ( y claramente presentada en la Lección 185) está el hecho de que en mi mente hay un pensamiento muy fuerte, quizá no reconocido, de que no quiero la paz de Dios, y esto lo demuestra el hecho de que no la siento. Sin embargo, ese pensamiento que se opone está equivocado, y podemos rechazarlo cada vez que nos demos cuenta de él, y sustituirlo con la verdad: “Deseo la paz de Dios”.

Se practica: Eso es lo que estamos haciendo en estas lecciones del Libro de Ejercicios. Practicar. Repetirlas a menudo. Pasando largos periodos de tiempo permitiendo que el pensamiento se sumerja y se adentre en los lugares más escondidos de nuestra mente.

Se acepta: Date cuenta de que la aceptación viene después de la práctica. Al principio nuestra mente no acepta la idea, incluso después de entender la idea. Cuando empezamos a practicar, no aceptamos de verdad que queremos la paz de Dios. Pensamos que queremos otra cosa, algo más, algo además de la paz de Dios. Volver a entrenar nuestra mente necesita mucha práctica, hasta que empezamos a darnos cuenta de que “la paz de Dios es lo único que quiero”.

Se aplica: Habiendo aceptado la idea, podemos empezar a aplicarla a cada “aparente suceso” diferente durante el día. Cuando nuestro coche nos deja tirados en medio del tráfico: “Deseo la paz de Dios”. Cuando nos encontramos deseando una relación más satisfactoria: “La paz de Dios es lo único que quiero”. Cuando nos sentimos impulsados a conseguir alguna meta terrenal a cualquier precio: “La paz de Dios es mi única meta”. Cuando pensamos que no sabemos qué hacer o a dónde ir: “La paz de Dios es la mira de todo mi vivir aquí”. Y cuando nos sentimos impulsados a satisfacer alguna necesidad de nuestro cuerpo: “No soy un cuerpo. La paz de Dios es lo único que quiero. Soy libre”.


Gracias, Padre, por tu recordatorio de Tu paz hoy. No necesito nada más, y no quiero nada más. ¡Que la lección de hoy se convierta en la idea central de mi vida, para que pueda decir de corazón: “La paz de Dios es mi única meta”!

martes, 23 de julio de 2013

Leccion 204, Un Curso de Milagros



Instrucciones para la práctica

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Comentario

Si llevo el Nombre de Dios, soy Su Hijo. Tengo la herencia de la familia de Dios, ¡y qué herencia! No soy hijo de moléculas de ADN al azar. No soy el resultado de la supervivencia de los más aptos en una batalla feroz por dominar en la vida. No soy el resultado de mi familia humana, de mi educación, de mis estudios, de mis fracasos, ni de mi civilización. Lo que soy lo he heredado de Dios Mismo.

Como Hijo de Dios, “no soy esclavo del tiempo” (1:2). No estoy limitado al corto tiempo de la vida de mi cuerpo en la tierra. No necesito muchos años de progreso para alcanzar mi herencia, ya es mía ahora. Tampoco soy el resultado de mi pasado. No tengo que temer al futuro. Estoy libre de todas las limitaciones que el tiempo pueda intentar imponerme.


“No estoy sujeto a las leyes que gobiernan el mundo de las ilusiones enfermizas” (1:2). Las leyes del tiempo, del espacio, de la economía, de la salud y de la nutrición, no me gobierna ninguna ley que piense que es fija y que no puede evitarse aquí. Soy Hijo de Dios. Soy espíritu. Soy “eternamente uno con Él” (1:2).  

lunes, 22 de julio de 2013

Leccion 203, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

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Comentario

“Invocar el Nombre de Dios” no es repetir simplemente una palabra, sino extenderme desde dentro de mí mismo, afirmando mi unión con mi Fuente. Invocar Su Nombre significa recordarme a mí mismo mi unión con Dios. “Es mi nombre, así como el de Él” (1:2). En cierto sentido, se parece al modo en que los soldados en una batalla gritan el nombre de su rey, o al modo en que los seguidores de un equipo de fútbol gritan el nombre de su equipo favorito en un partido. Es un medio de identificación, una afirmación de solidaridad y unidad.

Sin embargo, es mucho más que cualquier cosa con la que podamos compararlo en este mundo, porque el Nombre de Dios es mi nombre en un sentido mucho más profundo que la simple identificación emocional. Yo soy la extensión de Dios. Lo que Él es, yo lo soy también. Yo estoy creado de la esencia de Dios. “Aún soy tal como Dios me creó” (1:5). Afirmo esto cada vez que invoco Su Nombre.

Invocar el Nombre de Dios es recordarme a mí mismo que el otro nombre y el otro ser con el que generalmente me identifico no es lo que yo soy. “No soy un cuerpo” (1:3). En medio de la agitación y de las ocupaciones diarias, cuando invoco este Nombre, se me libera “de todo pensamiento de maldad y de pecado” (1:2). Cuando me siento limitado o aprisionado, puedo volver a descubrir mi libertad invocando Su Nombre. Al hacerlo, recuerdo que no soy un cuerpo, que soy libre.


Cuando me siente en quietud hoy, que me abra a la experiencia de Dios. Que me dé cuenta de ese inmenso Amor sin límites. Que me sumerja en Su paz sin límites. Que sea llevado dentro de Su alegría. Y mientras lo hago, que recuerde que todo lo que experimento de Dios, ESO SOY YO. Que también invoque mi propio nombre. Al recordar a Dios, que recuerde: “Esto soy yo”.  

domingo, 21 de julio de 2013

Leccion 202, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica


Comentario

Justo ahora, en este mismo instante, y en cada instante de este día, tengo la posibilidad de aquietarme, de acallar mi mente, y de ir al hogar en el Cielo. El Cielo está aquí. El Cielo es ahora. No hay otro momento ni otro lugar.

Este mundo de agitación no es mi hogar, mi hogar está en la paz. Este mundo de sufrimiento no es mi hogar, mi hogar está en la felicidad. Este mundo de odio no es mi hogar, mi hogar está en el amor. Este cuerpo no es mi hogar, mi hogar está en Dios.

La Voz de Dios me llama constantemente para que vaya a mi hogar, y puedo hacerlo en cualquier momento en que elija hacerlo. ¡Qué agradecido me siento hoy por esta llamada interior! ¡Qué agradecido me siento de que, no importa a donde vaya, no importa lo que haga, esta Voz siempre está conmigo, llamándome al hogar!


Cuando oigo esta Voz, ¿por qué voy a elegir quedarme un instante más donde no estoy en mi hogar? Todas las razones que se me pudieran ocurrir, desaparecen en la nada, cuando me doy cuenta de la dulce y tierna llamada de Su Voz. Quiero recordarla ahora, y en cada momento de este día. “Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar”.

sábado, 20 de julio de 2013

Leccion 201, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica


Comentario

Hoy, recordemos tan a menudo como podamos que no hay nadie que no sea nuestro hermano. Recordemos que todos somos parte del Único Ser, y que nuestra unidad con Todo-Lo-Que-Existe es una bendición que nunca podemos perder.

Juntos somos un Todo. Separados, no somos nada.

Todos nosotros somos Uno solo.

Cada uno está unido a Dios y a todos, sin cambios posibles. Todo lo que existe es Hijo del Creador, igualmente digno, igualmente santo, igualmente amoroso.


Mis hermanos son mi alegría y mi deleite. Que hoy vea a todos como la bendición que son para mí.

Introduccion Sexto Repaso, Un Curso de Milagros

SEXTO REPASO


Introducción

1. Para este repaso utilizaremos sólo una idea por día y la practi­caremos tan a menudo cómo podamos. 2Además del tiempo que le dediques mañana y noche, que no debería ser menos de quince minutos, y de los recordatorios que han de llevarse a cabo, cada hora durante el transcurso del día, usa la idea tan frecuentemente como puedas entre las sesiones de práctica. 3Cada una de estas ideas por sí sola podría salvarte si verdaderamente la aprendie­ses. 4Cada una de ellas sería suficiente para liberaros a ti y al mundo de cualquier clase de cautiverio, e invitar de nuevo el recuerdo de Dios.
2. Con esto en mente, demos comienzo a nuestras prácticas, en las que repasaremos detenidamente los pensamientos con los que el Espíritu Santo nos ha bendecido en nuestras últimas veinte leccio­nes. 2Cada uno de ellos encierra dentro de sí el programa de estu­dios en su totalidad si se entiende, se practica, se acepta y se aplica a todo cuanto parece acontecer a lo largo del día. 3Uno solo basta. 4Mas no se debe excluir nada de ese pensamiento. 5Necesitamos, por lo tanto, usarlos todos y dejar que se vuelvan uno solo, ya que cada uno de ellos contribuye a la suma total de lo que queremos aprender.
3. Al igual que nuestro último repaso, estas sesiones de práctica giran alrededor de un tema central con el que comenzamos y concluimos cada lección. 2El tema para el presente repaso es el siguiente:        
 3No soy un cuerpo. 4Soy libre.
5Pues aún soy tal como Dios me creó.

6El día comienza y concluye con esto. 7Y lo repetiremos asimismo cada vez que el reloj marque la hora, o siempre que nos acorde­mos, entre una hora y otra, que tenemos una función que trans­ciende el mundo que vemos. 8Aparte de esto y de la repetición del pensamiento que nos corresponda practicar cada día, no se requiere ningún otro tipo de ejercicio, excepto un profundo aban­dono de todo aquello que abarrota la mente y la hace sorda a la razón, a la cordura y a la simple verdad.
4. Lo que nos proponemos en este repaso es ir más allá de todas las palabras y de las diferentes maneras de practicar. 2Pues lo que estamos intentando esta vez es ir más de prisa por una senda más corta que nos conduce a la serenidad y a la paz de Dios.3Sencilla­mente cerramos los ojos y nos olvidamos de todo lo que jamás habíamos creído saber y entender. 4Pues así es como nos libera­mos de todo lo que ni sabíamos ni pudimos entender.
5. Hay una sola excepción a esta falta de estructura. 2No dejes pasar un solo pensamiento trivial sin confrontarlo. 3Si adviertes alguno, niega su dominio sobre ti y apresúrate a asegurarle a tu mente que no es eso lo que quiere. 4Luego descarta tranquila­mente el pensamiento que negaste y de inmediato y sin titubear sustitúyelo por la idea con la que estés practicando ese día.
6. Cuando la tentación te asedie, apresúrate a proclamar que ya no eres su presa, diciendo:

2No quiero este pensamiento. 3El que quiero es ________ .

4Y entonces repite la idea del día y deja que ocupe el lugar de lo que habías pensado. 5Además de estas aplicaciones especiales de la idea diaria, sólo añadiremos unas cuantas expresiones formales o pensamientos específicos para que te ayuden con tu práctica.6Por lo demás, le entregamos estos momentos de quietud al Maes­tro que nos enseña en silencio, nos habla de paz e imparte a nues­tros pensamientos todo el significado que jamás puedan tener.
7. A Él le ofrezco este repaso por ti. 2Te pongo en Sus manos, y dejo que Él te enseñe qué hacer, qué decir y qué pensar cada vez que recurres a Él. 3Él estará a tu disposición siempre que acudas a Él en busca de ayuda. 4Ofrezcámosle este repaso que ahora comenzamos, y no nos olvidemos de Quién es al que se le ha entregado, según practicamos día tras día, avanzando hacia el objetivo que Él fijó para nosotros, dejando que nos enseñe cómo proceder y confiando plenamente en Él para que nos indique la forma en que cada sesión de práctica puede convertirse en un amoroso regalo de libertad para el mundo.


SEXTO  REPASO.   INTRODUCCIÓN

Éste es el último repaso del Libro de Ejercicios, el final de la Primera Parte. Al comienzo de la Introducción del Libro de Ejercicios se nos dijo: “El libro de ejercicios está dividido en dos secciones principa­les. La primera está dedicada a anular la manera en que ahora ves, y la segunda, a adquirir una percepción verdadera” (L.In.3:1). Las últimas 40 lecciones han dicho que nos estaban preparando para la Segunda Parte del Libro de Ejercicios. Ahora estamos llegando al final de la primera fase de nuestro entrenamiento. Supuestamente, si hemos estado haciendo los ejercicios como se nos aconsejaba (y ciertamente, ésa es la solución), ya estamos preparados para entrar en una fase nueva y más elevada de nuestra práctica.

Hay dos cosas muy diferentes en la Segunda Parte del Libro de Ejercicios. La primera, las lecciones escritas son muchísimo más cortas, ninguna de ellas tiene más de media página, aunque se nos pide que leamos una sección de enseñanza diez veces, una vez al día junto con la lección. En esta segunda parte se le da menos importancia a aprender nuevas ideas (o desaprender las viejas), y se da mayor importancia a la experiencia y a reforzar las costumbres que hemos formado en la Primera Parte.

La otra gran diferencia es que, a partir de este repaso y la Introducción a la Segunda Parte, en adelante, las lecciones no tienen ya instrucciones para la práctica. Parece muy claro que el modelo de práctica que tenemos que seguir ha sido establecido, que se espera que sepamos cuál es, y que lo sigamos durante las restantes 145 lecciones de la Segunda Parte.

El modelo comenzó en la Lección 153, que establecía los momentos más largos de quietud por la mañana y por la noche, y los recordatorios de cada hora. Los otros dos elementos restantes: recordatorios frecuentes entre horas, y respuesta a la tentación, hasta la lección 200 eran de algún modo libres de hacerse. Es únicamente aquí, en la Introducción al último repaso, que se añaden como algo que se espera que hagamos cada día con firmeza.

“Además del tiempo que le dediques mañana y noche, que no debería ser menos de quince minutos, y de los recordatorios que han de llevarse a cabo, cada hora durante el transcurso del día, usa la idea tan frecuentemente como puedas entre las sesiones de práctica” (L.rVI.1:2). La palabra “además de” deja muy claro que estos recordatorios frecuentes ahora se consideran como “además de” los momentos de quietud de la mañana y de la noche y de los recordatorios de cada hora. La respuesta a la tentación también se explica muy claramente en el párrafo 6:

Cuando la tentación te asedie, apresúrate a proclamar que ya no eres su presa, diciendo: No quiero este pensamiento. El que quiero es ________. Y entonces repite la idea del día y deja que ocupe el lugar de lo que habías pensado (6:1-4).

Esos cuatro elementos de la práctica, que se establecen muy claramente en este último repaso, están dirigidos a que sean las instrucciones a seguir diariamente durante el resto del año:

Momentos de quietud por la mañana y por la noche, como mínimo de 15 minutos de duración
Recordatorios de cada hora, unos pocos minutos, recordando la idea del día y aplicándola a la hora que ha terminado y a la hora que va a comenzar.
Recordatorios frecuentes entre horas, recordando la idea.
Respuesta a la tentación, sustituyendo voluntariamente los pensamientos de nuestro ego con la idea del día.


Se nos dice que “cada una de estas ideas por sí sola podría salvarte si verdaderamente la aprendie­ses. Cada una de ellas sería suficiente para liberaros a ti y al mundo de cualquier clase de cautiverio, e invitar de nuevo el recuerdo de Dios” (1:3-4). Esto es cierto de las ideas que van a venir y de las ideas de las últimas veinte lecciones. Sin embargo, fíjate en la condición que modifica esta frase: “…si se entiende, se practica, se acepta y se aplica a todo cuanto parece acontecer a lo largo del día (2:2). Una sola idea basta. Mas no se debe excluir nada de esa idea (2:3-4).

Si cualquiera de estas ideas es suficiente, ¿por qué necesitamos 365 lecciones? La respuesta es sencilla. El autor sabe perfectamente que no aplicaremos una sola idea a sin excepción a todos los acontecimientos a lo largo del día. Y “necesitamos, por lo tanto, usarlos todos y dejar que se vuelvan uno solo, ya que cada uno de ellos contribuye a la suma total de lo que queremos aprender” (2:5).

En este último repaso, que dura 20 días, repetimos cada día una de las ideas de los 20 días anteriores, y se nos pide que el centro de nuestra práctica gire en torno a un tema unificador:

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó. (3:3-5)

Se nos pide que repitamos estas tres frases cortas cada mañana y cada noche, cada hora, y en todo momento en que recordemos nuestra verdadera función aquí. Las repetimos con la idea que repasamos cada día. Esa sencilla repetición es la única instrucción concreta que se nos da. Por lo demás, todo lo que se nos pide hacer en nuestros momentos de práctica es, en pocas palabras, que despejemos nuestra mente de cualquier pensamiento en contra (3:8). Esto tiene que ser un “profundo abandono”, no sólo dejar la mente en blanco, sino un abandono de cualquier pensamiento que se interponga en el camino de la cordura y de la verdad.

Sencilla­mente cerramos los ojos y nos olvidamos de todo lo que jamás habíamos creído saber y entender (4:3).

En esta parte final del Libro de Ejercicios vamos “más allá de todas las palabras” (4:1). Buscamos sentir la serenidad y la paz de Dios.

La única excepción es que hacemos algo cuando un “pensamiento molesto” entra en nuestra mente en calma. El párrafo 5 nos da instrucciones muy claras acerca de cómo tratar con estos pensamientos molestos que seguramente aparecerán. Lo más importante es no dejar que tal pensamiento se quede sin respuesta. En lugar de ello daremos instrucciones a nuestra mente: No quiero este pensamiento”, y cámbialo por la idea del día. Seguimos la misma práctica durante todo el día, cada vez que nos tiente el ego.
  
Éste es un firme entrenamiento mental. Nos pide mucho. Creo que eso es lo que quiere decir la frase del Texto: “Mantente alerta sólo a favor de Dios y de Su Reino” (T.6.V.(C)). ¿Cómo podemos esperar que nuestra mente se libere del modo de pensar del ego, si dejamos que los pensamientos del ego queden sin respuesta? Al comienzo del Texto, Jesús nos dice que somos  demasiado tolerantes con las distracciones de nuestra mente (T.2.VI.4:6); esta vigilancia atenta, que rechaza los pensamientos del ego y los sustituye con los pensamientos de Dios, es el remedio que el Curso propone.

Jesús, el autor, dice que pone nuestras sesiones de práctica en Manos del Espíritu Santo (6:6 y 7:1-2). Tenemos que escucharle para conocer los detalles acerca de “qué hacer, qué decir y qué pensar cada vez que recurres a Él” (7:2). Lo más importante es aquietarse (6:6). Sin embargo, la mención acerca de lo que hacemos, decimos y pensamos nos deja una gran libertad. Generalmente hablando, pienso que podemos usar cualquier técnica de las que hemos practicado antes en el Libro de Ejercicios, como los ejercicios de perdón, ofrecer paz al mundo, repasar situaciones en nuestras vidas y aplicarles la idea del día, y así sucesivamente. La mayor importancia está en escuchar en silencio la Voz de Dios y permitir que nuestra mente venga a la serenidad y a la paz. El Libro de Ejercicios ha terminado sus instrucciones concretas para la práctica, pero ahora tenemos que aprender a escuchar al Espíritu Santo:
“dejando que nos enseñe cómo proceder y confiando plenamente en Él para que nos indique la forma en que cada sesión de práctica puede convertirse en un amoroso regalo de libertad para el mundo” (7:4).


SEXTO  REPASO.   INSTRUCCIONES PARA LA PRÁCTICA

Propósito: Repasar cuidadosamente las últimas 20 lecciones, cada una de las cuales contiene todo el plan de estudios en su totalidad y, por lo tanto, es suficiente para la salvación, si se entiende, se practica, se acepta y se aplica sin excepción.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: por lo menos quince minutos.
  • Repite: “No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó”.
  • Cierra los ojos y abandona todo lo que abarrota tu mente, olvídate de todo lo que crees saber. Dedícale el tiempo al Espíritu Santo, tu Maestro. Si te das cuenta de algún pensamiento de distracción, de inmediato niega que seas su presa, asegurándole a tu mente que ya no lo quieres más. Luego abandónalo y sustitúyelo con la idea del día. Di: “No quiero este pensamiento. El que quiero es ________” (la idea del día).

Observaciones: Estamos intentando ir más allá de las formas especiales de práctica porque lo que estamos intentando es ir más de prisa por una senda más corta que nos conduce a la serenidad y a la paz de Dios, que es nuestro objetivo.

Recordatorios cada hora: Repite: “No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó”.

Respuesta a la tentación: No dejes pasar un solo pensamiento trivial sin confrontarlo. Si adviertes alguno, niega su dominio sobre ti y apresúrate a asegurarle a tu mente que no es eso lo que quiere. Luego descarta tranquila­mente el pensamiento que negaste y de inmediato y sin titubear sustitúyelo por la idea con la que estés practicando ese día, diciendo: No quiero este pensamiento. El que quiero es ________” (la idea del día).


COMENTARIOS SOBRE LA PRÁCTICA

  • Intentamos abandonar las palabras.
  • Intentamos abandonar las formas especiales de practicar.

Para las sesiones de práctica más largas nuestras únicas instrucciones son:
  • Vaciar nuestra mente de todo lo que la abarrota y olvidar todo lo que pensábamos que sabíamos.
  • Entregamos nuestras sesiones de práctica al Espíritu Santo, Quien nos enseñará qué pensar, decir y hacer, y Quien guiará nuestras sesiones de práctica.

Hay dos excepciones a esta falta de estructura:

  • Se nos dice que no dejemos pasar ningún pensamiento vano o distraído sin respuesta durante nuestro tiempo de quietud.
  • Se nos dan unos pocos pensamientos concretos (unas pocas líneas) para la lección de cada día, para que nos ayuden en nuestra práctica.

viernes, 19 de julio de 2013

A cerca del ego, Patricia Besada

Leccion 200, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 200

No hay más paz que la paz de Dios.

Deja de buscar. 2No hallarás otra paz que la paz de Dios. 3Acepta este hecho y te evitarás la agonía de sufrir aún más amargos de­sengaños, o de verte invadido por una sombría desesperación y una gélida sensación de desesperanza y de duda. 4Deja de buscar.5No puedes hallar otra cosa que la paz de Dios, a no ser que lo que busques sea infelicidad y dolor.
2. Este es el punto final al que en última instancia todo el mundo tiene que llegar para dejar de lado toda esperanza de hallar felici­dad allí donde no la hay; de ser salvado por lo que tan sólo puede causar dolor; y de hacer paz del caos, dicha del dolor y Cielo del infierno. 2No sigas tratando de ganar por medio de la pérdida ni de morir para vivir. 3Pues no estarás sino pidiendo la derrota.
3. No obstante, con la misma facilidad puedes pedir amor, felici­dad y vida eterna en una paz que no tiene fin. 2Pide esto, y sólo puedes ganar. 3Pedir lo que ya tienes te lleva al éxito. 4Pedir que lo que es falso sea verdadero sólo puede conducir al fracaso. 5Per­dónate a ti mismo tus vanas imaginaciones y deja de buscar lo que no puedes encontrar. 6Pues, ¿qué podría ser más absurdo que buscar el infierno una y otra vez cuando no tienes más que abrir los ojos y mirar para darte cuenta de que el Cielo se encuentra ante ti, allende el umbral de una puerta que se abre fácilmente para darte la bienvenida?
4. Regresa casa. 2Jamás encontraste felicidad en lugares extra­ños, ni en formas que te son ajenas y que no tienen ningún signifi­cado para ti, si bien trataste de que lo tuvieran. 3No te corres­ponde estar en este mundo. 4Aquí eres un extraño. 5Pero te es dado encontrar los medios a través de los cuales el mundo deja de parecer una prisión o una cárcel para nadie.
5. Se te concede la libertad allí donde no veías más que cadenas y puertas de hierro. 2Mas si quieres hallar escapatoria tienes que cambiar de parecer con respecto al propósito del mundo. 3Perma­necerás encadenado hasta que veas el mundo como un lugar ben­dito, liberes de tus errores a cada hermano y lo honres tal como es. 4Tú no lo creaste, así como tampoco te creaste a ti mismo. 5al liberar a uno, el otro es aceptado tal como es.
6. ¿Qué función tiene el perdón? 2En realidad no tiene ninguna, ni hace nada, 3pues es desconocido en el Cielo. 4Es sólo en el infierno donde se le necesita y donde tiene una formidable función que desempeñar. 5¿No es acaso un propósito loable ayudar al biena­mado Hijo de Dios a escapar de los sueños de maldad, que aun­que son sólo fabricaciones suyas, él cree que son reales? 6¿Quién podría aspirar a más, mientras parezca que hay que elegir entre el éxito y el fracaso, entre el amor y el miedo?
7. No hay más paz que la paz de Dios porque Él sólo tiene un Hijo, que no puede construir un mundo en oposición a la Volun­tad de su Padre o a la suya propia, la cual es la misma que la de Él. 2¿Qué podría esperar encontrar en semejante mundo? 3Este no puede ser real, ya que nunca fue creado. 4¿Es acaso ahí adonde iría en busca de paz? 5¿O bien tiene que darse cuenta de que tal como él ve el mundo, éste sólo puede engañar? 6Puede aprender, no obstante, a verlo de otra manera y encontrar la paz de Dios.
8. La paz es el puente que todos habrán de cruzar para dejar atrás este mundo. 2Pero se empieza a tener paz en él cuando se le per­cibe de otra manera, y esta nueva percepción nos conduce hasta las puertas del Cielo y lo que yace tras ellas. 3La paz es la res­puesta a las metas conflictivas, a las jornadas insensatas, a las búsquedas vanas y frenéticas y a los empeños sin sentido. 4Ahora el camino es fácil, y nos conduce por una ligera pendiente hasta el puente donde la libertad yace dentro de la paz de Dios.
9. No volvamos a perder el rumbo hoy. 2Nos dirigimos al Cielo, y el camino es recto. 3Sólo si procuramos desviarnos podemos retrasarnos y perder el tiempo innecesariamente por escabrosas veredas. 4Sólo Dios es seguro, y Él guiará nuestros pasos. 5Él no abandonará a Su Hijo necesitado, ni permitirá que se extravíe para siempre de su hogar. 6El Padre llama; el Hijo le oirá. 7Y eso es todo lo que hay con respecto a lo que parece ser un mundo sepa­rado de Dios, en el que los cuerpos son reales.
10Ahora reina el silencio. 2Deja de buscar. 3Has llegado a donde el camino está alfombrado con las hojas de los falsos deseos que antes anhelabas, caídas ahora de los árboles de la desesperanza. 4Ahora se encuentran bajo tus pies. 5Y tú levantas la mirada y miras al Cielo con los ojos del cuerpo, que ahora te sirven sólo por un instante más. 6Por fin la paz ha sido reconocida, y tú pue­des sentir como su tierno abrazo envuelve tu corazón y tu mente con consuelo y amor.
11. Hoy no buscamos ídolos. 2La paz no se puede encontrar en ellos. 3La paz de Dios es nuestra, y no habremos de aceptar o querer nada más. 4¡Que la paz sea con nosotros hoy! 5Pues hemos encontrado una manera sencilla y grata de abandonar el mundo de la ambigüedad; y de reemplazar nuestros objetivos cambiantes por un solo propósito, y nuestros sueños solitarios por compañe­rismo. 6Pues la paz es unión, si procede de Dios. 7Hemos abando­nado toda búsqueda. 8Nos encontramos muy cerca de nuestro hogar, y nos acercamos aún más a él cada vez que decimos:

9No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea.

Resumen de la práctica

Instrucciones generales: Tiempo de quietud por la mañana/ noche, recordatorios cada hora, Respuesta a la tentación. Ver la Lección 153.

Propósito: No volver a buscar la paz en ídolos, sino en Dios. No volver a extraviarnos de nuestro camino sino seguir el camino directo a Dios.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).
Utiliza la lección: “No hay más paz que la paz de Dios”, para perdonar todos los acontecimientos de la hora anterior. No dejes que nada arroje su sombra sobre la hora que empieza. De este modo sueltas las cadenas del tiempo y permaneces libre mientras continúas en el tiempo.

Recordatorios frecuentes: Repite: “No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea”.

Respuesta a la tentación: (Sugerencia) Siempre que te sientas tentado a buscar la paz en cualquier cosa de este mundo, repite de inmediato: “No hay más paz que la paz de Dios, y estoy contento y agradecido de que así sea”.

Comentario

El mensaje básico de esta lección es que cada medio que usamos para intentar encontrar la paz por medio del mundo o desde el mundo, fracasará; únicamente es real y eterna la paz que procede de Dios, una paz que ya tenemos como parte del Ser que Él creó. (Algunas buenas secciones para leer en relación con la lección de hoy están en el Capítulo 11 del Manual: “¿Es Posible la Paz en este Mundo?”, y en el Texto, Capítulo 31, Sección IV: “La Verdadera Alternativa”).

Todo en este mundo termina con la muerte. Este mundo es el infierno, porque no importa qué dirección tomemos, no importa cuánto nos esforcemos, terminamos perdiéndolo todo al final. ¡Qué juego más deprimente, cuando el único resultado es perder! Ésta es la fuente de “la agonía de sufrir aún más amargos de­sengaños, o de verte invadido por una sombría desesperación y una gélida sensación de desesperanza y de duda” (1:3). Si jugamos al juego del mundo, buscando “felici­dad allí donde no la hay” (2:1), sólo podemos hacernos daño. Estamos “pidiendo la derrota” (2:3).

Es posible que no nos demos cuenta de esta desesperación, sin embargo está sumergida dentro de todo lo que hacemos. El libro de Ernest Becker “La Negación de la Verdad” trata de los modos en los que ansiosamente y con firmeza alejamos de nuestra mente la consciencia de la muerte, enterrándola por debajo de las trivialidades de la vida, esforzándonos por encontrar significado en algo a lo que poder agarrarnos y alcanzar la inmortalidad de algún modo. Becker llega a la misma conclusión que el Curso en algunos aspectos: que todos estamos locos, cegados por la negación y la proyección. La única diferencia entre nosotros y los que llamamos “locos” es que nuestra forma de negación tiene mejor resultado que la de ellos. Sin embargo, los “locos” son más honestos que nosotros. Ellos han aceptado que el mundo no significa nada y han elegido fabricar su propio mundo de fantasía para reemplazarlo, o llenos de desesperación se han suicidado. El resto de nosotros todavía seguimos dando tumbos con la cándida esperanza de que el mundo todavía puede ofrecernos satisfacción.

La lección nos pide que abandonemos la inútil búsqueda de felicidad mediante el cuerpo y el mundo, y que descansemos en la paz de Dios. Si podemos aceptar el hecho de que no encontraremos la felicidad o la paz en ningún otro sitio, podemos ahorrarnos muchos sufrimientos. Cuando miro a mi propia vida, los momentos más desgraciados han sido aquellos en los que alguien o algo en lo que había puesto mi esperanza de felicidad, me ha fallado: un matrimonio, una iglesia, un trabajo, un propósito noble, una esperanza de una relación romántica. La lección dice que éstos no son acontecimientos aislados. Representan todo. Es imposible encontrar paz aparte de la paz de Dios, y cuanto antes nos demos cuenta, antes encontraremos la verdadera felicidad.

“No te corres­ponde estar en este mundo. Aquí eres un extraño” (4:3-4). Así que renuncia a él. Déjalo ir. Deja de esperar que te haga feliz, nunca lo hará. “Pero te es dado encontrar los medios a través de los cuales el mundo deja de parecer una prisión o una cárcel para nadie” (4:5). ¡Hay una escapatoria! “Mas si quieres hallar escapatoria tienes que cambiar de parecer con respecto al propósito del mundo” (5:2).

El Texto dice lo mismo:

Hasta que no veas la curación del Hijo como lo único que deseas que tanto este mundo como el tiempo y todas las apariencias lleven a cabo, no conoce­rás al Padre, ni te conocerás a ti mismo. Pues usarás al mundo para un propósito distinto del que tiene, y no te podrás librar de sus leyes de violencia y de muerte.   (T.24.VI.4:3-4)

Para cambiar todo esto, y abrir un camino de esperanza y libe­ración en lo que aparenta ser un círculo interminable de desespe­ración, necesitas tan sólo aceptar que no sabes cuál es el propósito del mundo. Le adjudicas objetivos que no tiene, y de esta forma, decides cuál es su propósito. Procuras ver en él un lugar de ído­los que se encuentran fuera de ti, capaces de completar lo que está adentro dividiendo lo que eres entre lo que está afuera y lo que está adentro. Tú eliges los sueños que tienes, pues son la representación de tus deseos, aunque se perciben como si vinie­sen de afuera. Tus ídolos hacen lo que tú quieres, y tienen el poder que les adjudicas. Y los persigues fútilmente en el sueño porque deseas adueñarte de su poder. (T.29.VII.8)

Si podemos aceptar que no sabemos cuál es el propósito del mundo, seremos libres para aceptar el propósito que el Espíritu Santo ve en él. Hasta que abandonemos nuestros imaginarios propósitos, Su propósito nos parecerá borroso y difícil de comprender. Abandonar el propósito que creemos que tiene el mundo es lo que permite que nos demos cuenta de su verdadero propósito. Ese propósito es el perdón o, como dice la frase del Capítulo 24 del Texto, “la curación del Hijo”. El perdón se necesita en el infierno y, por lo tanto, este mundo debe ser el infierno (6:4). El perdón me ofrece a mí y a todos “escapar de los sueños de maldad, que… él cree que son reales” (6:5). Podemos decir que para lo que sirve el mundo es para “aprender a verlo de otra manera y encontrar la paz de Dios” (7:6).

Si el mundo es un lugar tan terrible y deprimente, lógicamente podríamos decir que encontrar la paz es abandonar el mundo. Morir. Salir de este cuerpo. Pero no es eso lo que dice esta lección. Se nos dice que “se empieza a tener paz en él cuando se le per­cibe de otra manera” (8:2). Fíjate en que: la paz empieza dentro del mundo. Empieza con una nueva percepción del mundo, no como una prisión sino como un aula de aprendizaje. A partir de aquí, el camino a la paz nos conducirá a “las puertas del Cielo y lo que yace tras ellas” (8:2). Pero tiene que empezar aquí.

Con conmovedoras imágenes de un camino “alfombrado con las hojas de los falsos deseos” podemos vernos a nosotros mismos elevando nuestros ojos de “los árboles de la desesperanza” a las puertas del Cielo (10:3). Queremos la paz de Dios, y nada más que la paz de Dios. En los instantes santos de que disfrutamos en nuestra práctica de hoy, reconocemos la paz que hemos estado buscando, y “sentir como su tierno abrazo envuelve tu corazón y tu mente con consuelo y amor” (10:6).

Las frases finales, que se nos dan para la práctica, resumen toda la lección. La mayoría de nosotros, enfrentados con el pensamiento de que no hay más paz que la paz de Dios, todavía no respondemos con alegría y agradecimiento. El mensaje de que “no hay ninguna esperanza de encon­trar respuesta alguna en el mundo” (T.31.IV.4:3), parece una píldora dura y amarga de tragar. En lugar de alegría, sentimos tristeza y algo de resentimiento. Con añoranza nos aferramos a nuestras vanas esperanzas de que los ídolos de este mundo todavía nos darán satisfacción de alguna manera. Queremos que lo hagan. Únicamente cuando hayamos aprendido a renunciar a ellos con alegría y agradecimiento, estaremos libres finalmente de su dominio sobre nosotros.

Que en mis prácticas de hoy busque encontrar esa alegría y agradecimiento dentro de mí mismo.  El Cristo en mí quiere “regresar a casa” (4:1). Hay una parte de mí que da un suspiro de alivio cuando empiezo a comprender que el mundo no puede satisfacerme y que me susurra: “¡Por fin! Por fin estás empezando a abandonar la fuente de tu dolor. ¡Gracias!” Que entre en contacto con esa parte de mi mente que pertenece al Cielo y que sabe que no pertenece a este mundo, es la única parte que en realidad existe. Cuanto más entro en contacto con ella, antes conoceré la paz que es mi herencia natural.