martes, 25 de junio de 2013

Leccion 176, Un Curso de Milagros


Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en el Quinto Repaso

Comentario

Párrafo 8 de la Introducción al Quinto Repaso:

Nuestras prácticas de alguna manera liberan al Cristo en el mundo. Abrir nuestra mente al Espíritu Santo nos deja dispuestos como canales para aquellos a nuestro alrededor. Por supuesto, el Espíritu Santo es “Aquel que ve tu extrema necesidad, y que conoce la respuesta que Dios le ha dado” (8:1). Creo que una de las cosas que hace que el Curso sea tan extraordinario es el modo en el que reconoce nuestra “extrema necesidad” y sin embargo afirma que en realidad no tenemos necesidades. Es como si nos dijera: “Sé que el mundo del dolor y la pérdida es sólo una ilusión y nada por lo que debas preocuparte, pero también sé que para ti es muy, muy real, y estoy dispuesto a trabajar contigo partiendo de esa base.

Claramente, se nos anima a desarrollar una relación con Jesús y el Espíritu Santo. “Juntos repasaremos estos pen­samientos” (8:2). “Juntos les dedicaremos nuestro tiempo y esfuerzos” (8:3). No somos individuos practicando un tipo de manipulación mental; nos estamos comprometiendo a una relación, una aventura de colaboración:

La curación no procede de nadie más. Tienes que aceptar dirección interna. La dirección que recibas no puede sino ser lo que quieres, pues, de lo contra­rio, no tendría sentido para ti. Por eso es por lo que la curación es una empresa de colaboración. Yo puedo decirte lo que tienes que hacer, pero tú tienes que colaborar teniendo fe en que yo sé lo que debes hacer. (T.8.IV.5-9)

Así que estamos repasando estos pensamientos con él. No estamos pensando en ellos por nuestra cuenta, sino escuchando esa guía desde dentro mientras pensamos en ellos.

“Y juntos se los enseñaremos a nuestros hermanos” (8:4). ¿Te has dado cuenta de que casi cada vez que le Curso habla acerca del proceso que estamos pasando, termina con algún aspecto de compartir o extensión, algún modo de dar a nuestros hermanos lo que nosotros hemos recibido? El Curso no es un camino personal de salvación. Lo que es más, enseña que no existe la salvación individual, porque “el individuo” es una ilusión. No estamos solos. No somos individuos separados que pueden salvarse individualmente. Somos partes de un todo, y cuando empezamos a recibir lo que el Espíritu Santo tiene que enseñar, debemos compartirlo, porque compartir es lo que Él enseña. “Enseñar con acciones o con pensamientos; con palabras o sin ellas; en cualquier lenguaje o sin lenguaje; en todo lugar o momento, o en cualquier forma” (M.1.3:6).

Enseñamos porque el todo no está completo hasta que todos estén incluidos. Tal como Jesús no está completo sin nosotros, nosotros no estamos completos sin nuestros hermanos. Como Jesús, nosotros podemos reconocer que lo tenemos todo en nosotros mismos y al hacerlo, reconocer que nuestros hermanos lo tienen todo. El estado de estar completo está ahí, pero sin admitirlo ni reconocerlo: “Soy tal como Dios me creó”, como nos lo recuerda una de las dos ideas del repaso. “Nuestro hogar ancestral… se ha mantenido a salvo de los azotes de éste, así como inmaculado y seguro, tal como será cuando al tiempo le llegue su fin” (8:8). No lo podemos perder, pero hemos perdido la consciencia de él, y esa consciencia es lo que compartimos con los demás.

Cuando empezamos a aceptar que nada nos falta, nos convertimos en recordatorios para todos de que tampoco les falta nada, y de que lo compartimos todo con todos. No hay necesidad de “predicar”, ni de un grupo espiritual selecto diciéndole al resto del mundo “cómo es”. Es la feliz comunicación de que “Tú eres completo, como yo. Soy tal como Dios me creó, y tú eres tal como Dios te creó”. Venimos a nuestros hermanos no como superiores, sino pidiéndoles que nos den su bendición, reconociéndoles como el Hijo de Dios que son, junto con nosotros: “Dame tu bendición, santo Hijo de Dios”.
 
Tu santidad es la salvación del mundo. Te permite enseñarle al mundo que es uno contigo, sin predicarle ni decirle nada, sino simplemente mediante tu sereno reconocimiento de que en tu santidad todas las cosas son bendecidas junto contigo. (L.37.3:1-2)

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